El amor suele empezar así, de la nada.
Nace en un gesto, una llamada, un beso... se empieza a sentir al minuto uno de la primera cita o en la hora número dos del primer año junto a alguien.
El amor tiene mil maneras distintas de empezar.
Viene acompañado de un sinnúmero de síntomas que lo delatan, el corazón acelerado, las mariposas en el estómago, las canciones románticas, las sonrisas inapropiadas, los suspiros espontáneos... los nervios y ese yo no se qué que se aloja entre el pecho, el pulmón izquierdo y las piernas a medio cerrar/abrir.
Así como empieza, intempestivo, imprevisto, incontrolable... así es como suele irse.
A veces se va en la mitad de un bofetón, después de una gritería inmensa, luego de algún desengaño, después de un par de discusiones y unas cuántas lágrimas. A veces el amor se marcha dando un portazo y otras tantas se va en un acto de cobardía, en un mensaje de texto o en una nota casi suicida en la mesa de noche del desdichado de turno.
El amor empieza y termina, de miles de maneras distintas. Hay tantos comienzos/finales, tantos saludos/despedidas como enamorados hay en este mundo.
Es verdad, yo no tengo idea de como empieza el amor, hasta ahora solo he especulado basándome en uno que otro comienzo amoroso que he tenido, y ¡bah! que tampoco sé a ciencia cierta como termina. Creo que eso depende de cada amor.
Lo único que sé, es que el amor nunca suele irse limpiamente, sin aspavientos.
El amor se va como los tornados, los terremotos, dejando tras de sí una estela de residuos y desechos que son imposibles de obviar.
El amor, cuando decide irse, deja un montón de basura, deja un desastre lleno de rencores, malos rollos, malos entendidos, discusiones, problemas, esperanzas, momentos y sobre todo recuerdos.
El amor al irse deja recuerdos, buenos, malos, regulares... deja recuerdos en todos lados, en la mente, en el corazón, en la gaveta del escritorio, en la computadora de la sala, en la contestadora... deja fotos, portarretratos, cartas, canciones... películas.
El amor es incapaz de llevarse consigo su lastre.
Porque el amor cuando decide irse ni siquiera se lleva una muda de ropa. Caprichoso se levanta, abre la puerta y se larga, pretendiendo que uno se quede atrás mirando el apartamento del corazón inundado de recuerdos.
El amor se larga y espera que uno solo se haga cargo de todo lo que éste deja atrás.
Además el amor suele terminarse en tiempos distintos, con diferente intensidad.
El amor se acaba de manera distinta para cada miembro de la ahora disoluta pareja. Uno sufre, el otro tal vez se siente aliviado. Uno queda con mucho tiempo desocupado, y otro gana libertad. Uno queda con más seguridad y otro lleno de dudas. Uno queda más hundido, y el otro con un poco más de fuerza...
Solo sé que hay que estar muy seguros de que el amor se ha ido antes de tirar la toalla.
Uno tiene que asomarse por la puerta y ver realmente que el amor salió, que no tiene ni un ápice de ganas de volver, que se fue para no regresar jamás. Porque si algo sé es que no hay nada peor que limpiar el apartamento del corazón de los despojos del amor, haber roto las cartas, las fotos, los recuerdos, y que el amor se presente luego, a derribar la puerta para reclamar sus cosas. Para reclamarnos.
Porque a veces el amor se va y se instalan la decepción y la desolación, y luego éste no tiene como volver a incluirse en nuestra vida.
Pero lo único cierto es que cuando el amor se va del todo, viene la desintoxicación, el reconocimiento, la sanación, que a veces es producto de horas de catarsis o de sesiones románticas con el sacaclavos de turno, eso depende, pero la desintoxicación llega, y de repente el amor y su desastre ya no forman parte de nuestra vida...
Y así, sin darnos cuenta todo vuelve a empezar.

Este es sin duda el MEJOR Post del Blog. Lo leí dos veces seguidas y no le sobra ni le falta nada. Es así. MEGA BUENO. ¡Excelente Bati-Bati! te mando un súper abrazo.
ResponderEliminarvine aqui a leer por recomendacion de ---^
ResponderEliminarTRemend opost. Voy a compartirlo un poco.
Saludos!