lunes, 3 de octubre de 2011

Montañas rusas afectivas

Y te fuiste, y no tuve el coraje para verte partir.

Siempre se me han dado mal las despedidas, y sabes de sobra que cuando me pongo nerviosa hablo de temas inconexos, y cruzo y descruzo las piernas y no sé que diablos hacer con mis manos aún cerradas de tanto apretar. 

Sabes que me muerdo el labio inferior tratando de no hablar de más y de no decir cosas que -honestamente- ninguno de los dos quiere escuchar.

Porque sí, ambos lo sabíamos... esto era transitorio, temporal... todo lo contrario a perenne o ad perpetuam.

Pero el hecho de que lo supiese con anticipación no me hizo manejarlo, ni me ha hecho más fácil el superar-lo.Ni el superar-te.

Sabes de sobra que soy adicta al autosabotaje y a los comportamientos autodestructivos, y que tú no ibas a ser la excepción. Por más especial que fuese, que fueras... que eres, mi instinto destructor y vicioso no iba a calmarse con tu partida.

Y te fuiste sí, y yo comencé mi festín de locuras y excesos.

De fiestas hasta la madrugada, de tragos, de vestidos cortos, de cantar a todo pulmón, de labios rojos. De besos apurados contra la pared de un antro, de llanto escondido, de manoseos impropios.

Caí en un zapping afectivo lleno de encuentros casuales e intermitentes, de sexo sin sentimientos, de ''nomeimportanadasolovoyadivertirme''.

Te fuiste y fue como si me hubiera antojado de subirme a una montaña rusa ebria e intoxicada de barbitúricos, y que mi carrito de velocidades fuese un hombre -el menos indicado para este momento- y yo sabía que las montañas rusas me ponen indispuesta y me dan ganas de vomitar, y cuando me bajo termino hecha mierda y maldiciendo el momento en el que decidí subirme a una... pero es que coño... 

Esos 30 segundos que dura el paseíto a toda velocidad por las alturas es tan intoxicante y orgásmico que me hace querer subirme, una y otra vez... hasta que tu vuelvas, o llegue alguien que me impida subirme a ella y me lleve de la mano a una atracción más segura dentro de la Feria del Amor...

Pertenecer.


Y allí estábamos los dos, después de habernos ido de fiesta toda la noche decidimos ir a su casa a seguir bebiendo nuestras soledades.

Nos sentamos en las tumbonas de la terraza a contemplar Caracas, silenciosa y dormida. Como si estuviera en el medio de una sobredosis y hubiera caído sedada en un trance. Más allá de la ventana solo se veía el Ávila y una que otra lucecita de algún farol encendido.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos así, en silencio mirando la inmensidad de la ciudad, mansa y dormida, como una mujer después de hacer el amor. Ninguno de los dos quería hablar, por miedo a romper la magia del momento. Por temor a decir aquello que sentíamos pero que no tenía caso sacar a colación.

Pasaron los minutos y los dos seguíamos así, callados, viendo los vasos de ron sudar encima de la mesa, mientras nosotros aspirábamos ese humo tóxico y sanador de nuestros cigarrillos. 

Voltée a verlo, no sé si por instinto o por esa necesidad imperiosa de fusilarlo en mis pupilas, como si fuera a quedarme ciega y quisiera preservar su rostro -así, allí- en mi memoria visual. 

Él se atrevió a romper el silencio. Sin mirarme,me dijo:

“Necesito pertenecer a algún lugar”.

Le hacía falta un territorio, como si no encontrase su propia geografía. Yo sólo pensaba en toda su libertad. En que no formaba parte de nada, en que no estaba malditamente atado a ningún punto cardinal, a que no dependía de un huso horario. Sabía que al no tener sitio no podía apegarse a nada, ni abandonar nada, ni extrañar nada.Era inmune a las ataduras, y a los verbos asociados a la nostalgia, a la melancolía. No tendría que vivir el exilio o el regreso, no sería protagonista de bienvenidas/despedidas, no viviría del hasta luego, ni del adiós.Yo envidiaba su vida de nómada, su desapego. El no ser de aquí ni de allá, su carencia total de cuando-donde, su incapacidad para creer en los adverbios de lugar. Lo envidiaba,envidiaba sus encuentros fugaces, casuales e intermitentes. Envidiaba la mordacidad en la que vivía y la no dependencia de nadie. Yo soñaba con llegar a un lugar sola, a un sitio donde no esperar ni aguardar por nada ni nadie, yo solo deseaba estar y ser sin tener que padecer los embates del adiós. 

Pero él anhelaba un espacio del cual irse y al cual llegar.

Yo lo escuchaba y sólo quería no pertenecer.

Público.Privado.

Y pasaron no sé cuántos días, y allí estaba yo. Sorprendida de no verme los ojos llorosos ni los kilos de menos. Asombrada de mi reflejo en el espejo, liso, sin señales algunas de tristeza. 

Nunca antes me había encontrado así, en una aparente calma libre de tensiones y sufrimientos. Mucho menos me había encontrado en paz después de una ruptura. (Sí es que había algo que romper, o si es que de verdad algo ya estaba roto entre los dos, no lo sé)

Lo recuerdo muy bien, terminamos de una manera extraña, entre la cobardía y el miedo que le tengo a las despedidas. Entre la confusión de no saber donde estaba parada, yo había perdido el norte y cualquier otro punto cardinal. 

Lo había perdido a él... sin quererlo, sin buscarlo

Es verdad, siempre volvemos al mismo tema; mi mal criterio a la hora de elegir hombres. Aunque a este no lo elegí, ni lo rechacé... todo es tan confuso que se desdibuja en mi mente el momento en el que decidimos estar juntos. Porque lo estuvimos, en todo el sentido de la palabra y sin tener que rendirle cuentas a nadie, sin estatus, sin ataduras...

Y él se fue, como era evidente que sucedería... tal vez por eso la situación se me hizo más manejable. No lo sé. Mentira, no lo manejé para nada bien.

Pero me levantaba y entraba a la ducha y me bañaba tranquila, salía de la regadera, me vestía como siempre y el espejo me devolvía un rostro libre de lágrimas. Cuando me ponía los lentes de sol no era para ocultar unas ojeras enormes ni unas pestañas empapadas de tanto llorar, era solo para añadirle un accesorio a mi look, para protegerme la vista del sol del verano. 

No tenía que usar maquillaje para camuflajear mi propio drama.

Y salía de mi casa y mi vida seguía transcurriendo en esa especie de tiempo inhumano de los relojes, y recibía llamadas y mensajes de texto y contestaba mails de amigos preocupados por mi reciente despecho, pero no les contaba de mi tristeza ni de la falta que me hacía, por lo que nuevamente me sorprendía. 

No tenía ganas de hablar de él, ni bien ni mal, era como si estuviese muerta por dentro, o con los sentidos tan aturdidos de tanto sentir, que ya no tenía tiempo para otra cosa.

 A veces me descubría mirando por la ventada distraída y se me olvidaba él y su rostro y no entendía nada más.

Tal vez es que después de tantas rupturas el alma se acostumbra y ya no hay espacio para el duelo.

Y los días seguían pasando, a veces me iba a tomar unos tragos con algunos amigos y entre rones y rones volvía a mi asombro, a ese limbo de no entender si es que no lo quise y por eso no lloraba o si es que ya estaba curada en salud de tantos despechos vividos. 

Durante las reuniones de trabajo me convencía de que la vida era esta, y continuaba con él o sin él. 

Inexorable, indómita y sin esperar a nadie la vida seguía su curso.

Entonces volvía a la casa, me desvestía y aseguraba mi cabello en una cola alta, me enfundaba en la pijama, abría el freezer y sacaba un tarro de helado. 

Me sentaba en la terraza, en el muro de la ventana a mirar la ciudad durmiendo mientras comía directo del pote. 

Así, en silencio, en la soledad de mi casa sabía que yo ya no era de llorar en público, y que mi única manera respetable de llorar era comer helado en privado.