Y pasaron no sé cuántos días, y allí estaba yo. Sorprendida de no verme los ojos llorosos ni los kilos de menos. Asombrada de mi reflejo en el espejo, liso, sin señales algunas de tristeza.
Nunca antes me había encontrado así, en una aparente calma libre de tensiones y sufrimientos. Mucho menos me había encontrado en paz después de una ruptura. (Sí es que había algo que romper, o si es que de verdad algo ya estaba roto entre los dos, no lo sé)
Lo recuerdo muy bien, terminamos de una manera extraña, entre la cobardía y el miedo que le tengo a las despedidas. Entre la confusión de no saber donde estaba parada, yo había perdido el norte y cualquier otro punto cardinal.
Lo había perdido a él... sin quererlo, sin buscarlo.
Es verdad, siempre volvemos al mismo tema; mi mal criterio a la hora de elegir hombres. Aunque a este no lo elegí, ni lo rechacé... todo es tan confuso que se desdibuja en mi mente el momento en el que decidimos estar juntos. Porque lo estuvimos, en todo el sentido de la palabra y sin tener que rendirle cuentas a nadie, sin estatus, sin ataduras...
Y él se fue, como era evidente que sucedería... tal vez por eso la situación se me hizo más manejable. No lo sé. Mentira, no lo manejé para nada bien.
Pero me levantaba y entraba a la ducha y me bañaba tranquila, salía de la regadera, me vestía como siempre y el espejo me devolvía un rostro libre de lágrimas. Cuando me ponía los lentes de sol no era para ocultar unas ojeras enormes ni unas pestañas empapadas de tanto llorar, era solo para añadirle un accesorio a mi look, para protegerme la vista del sol del verano.
No tenía que usar maquillaje para camuflajear mi propio drama.
Y salía de mi casa y mi vida seguía transcurriendo en esa especie de tiempo inhumano de los relojes, y recibía llamadas y mensajes de texto y contestaba mails de amigos preocupados por mi reciente despecho, pero no les contaba de mi tristeza ni de la falta que me hacía, por lo que nuevamente me sorprendía.
No tenía ganas de hablar de él, ni bien ni mal, era como si estuviese muerta por dentro, o con los sentidos tan aturdidos de tanto sentir, que ya no tenía tiempo para otra cosa.
A veces me descubría mirando por la ventada distraída y se me olvidaba él y su rostro y no entendía nada más.
Tal vez es que después de tantas rupturas el alma se acostumbra y ya no hay espacio para el duelo.
Y los días seguían pasando, a veces me iba a tomar unos tragos con algunos amigos y entre rones y rones volvía a mi asombro, a ese limbo de no entender si es que no lo quise y por eso no lloraba o si es que ya estaba curada en salud de tantos despechos vividos.
Durante las reuniones de trabajo me convencía de que la vida era esta, y continuaba con él o sin él.
Inexorable, indómita y sin esperar a nadie la vida seguía su curso.
Entonces volvía a la casa, me desvestía y aseguraba mi cabello en una cola alta, me enfundaba en la pijama, abría el freezer y sacaba un tarro de helado.
Me sentaba en la terraza, en el muro de la ventana a mirar la ciudad durmiendo mientras comía directo del pote.
Así, en silencio, en la soledad de mi casa sabía que yo ya no era de llorar en público, y que mi única manera respetable de llorar era comer helado en privado.

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