
A los veinte años me decidí a tocarte más y a imaginarte menos, a desearte con los ojos abiertos y la mente cerrada a cualquier distracción mundana y banal para que fueras así, mi única experiencia sensorial. Me decidí a sentirte en vez de solo pensarte. Lo decidí.
A los veinte años y algunas horas pensé lo dificíl que era sentirte a través de la distancia, por lo que me decidí a escaparme cada 3 minutos a tú casa usando solo el pensamiento y los flashbacks de nuestros momentos juntos, usando como paréntesis de tiempo el espacio que representan mis piernas cruzadas sobre tu espalda y tus lunares moviendo las agujas del reloj. Me decidí a viajar puntualmente sentada en la manecilla del reloj a tú encuentro, febril y furtivo. Me decidí a explorarte siempre con todos mis sentidos.
A los veinte años y un día descubrí que podía pensarte, tocarte, sentirte y buscarte en los rincones de mi pensamiento, en las arrugas de tús sabanas, en los pliegues de mi cuerpo y en el roce de nuestras manos. Decidí que si cerraba los ojos y me colocaba abajo de la ducha caliente podía emular la sensación tibia que me produce el solo roce de tú barba. Decidí no tener miedo de viajar por los rincones de mi mente solo para tener el consuelo de morderte las ganas, de tocarte los sueños, de cambiarte los planes.
A los veinte años y una semana intenté que este amor desmemoriado buscara proteger los recuerdos de tú cuerpo, de tus besos y caricias, de los te amo susurrados, de los gemidos callados, de las caricias explícitas. Intenté por todos los medios recorrerte con mi cuerpo y mi mente, pequé por omisión al no terminar el acto y aún así mi arrepentimiento dió para unas cuántas caricias prohibidas delante de la gente. Me decidí a desvestirte en mis sueños y a vestirte de maneras distintas para disfrutar el morbo que me produce arracar botones en camisas, lanzar correas al otro lado del cuarto, desanudar corbatas... Me decidí a quitarte la toalla húmeda y a secarte a base de mi aliento cálido, me decidí a sentirte con todas las letras del abecedario y con todas las notas musicales.
A mis veinte años descubrí que mis sentidos se desarrollan muy rápido, el tacto crece exorbitantemente con cada cumpleaños. Que el sentido del gusto se me aviva de recordar tus besos, que el oído se me afina cuando siento tu respiración entrecortada, que mi olfato siente tú olor a kilómetros de distancia y que mis ojos se acostumbran a emular tú silueta noche a noche.
Me decidí pues a dejar de pensarte para empezar a tenerte.





