domingo, 6 de julio de 2014

This is for you


That’s what true love is. Always wanting what’s best for someone, even if that doesn’t include you.


You. Yes, you. I am writing this for you. I know you are reading this. And I want you to know I am writing this for you. No one else will understand. No one else knows. They think that this is for them. But it’s not. I am writing this for you.
I want you to know, life…it’s hard. Every day can be a challenge. It can be a challenge to get up in the morning. To get yourself out of bed. To put on that smile. But I want you to know, that smile is what keeps me going some days. You need to remember, even through the tough times, you are amazing. You really are.
You should be happy.
I know that the weather might not be perfect. You might have to turn your back to the wind or feel the cold nipping at your nose. But you know what, at least you are there to feel it. At least you can enjoy the sun’s warm rays on your face. Or that cold February wind biting at your cheeks. You know what that means? You are alive. Everything will be okay.

sábado, 5 de julio de 2014

Foto en blanco y negro



A lo mejor eso hubiera podido durar por siempre.

Esa era la frase que se decía, día tras día, mientras miraba esa instantánea en blanco y negro, una fotografía espontánea que un amigo en común les había tomado en lo que parecía ser una charla de dos personas que ya la intimidad se les daba por sentado.

Ella, la de la fotografía tenía poco menos de 25 años. Él, en ese entonces rondaba los treinta.Ahora, ella tenía unos treintaytantos... Él, unos pocos más que ella. Llevaban sin hablarse casi diez años. Diez años es mucho tiempo. O muy poco. Todo depende de lo que se esté midiendo en ese intervalo.

Lo recordaba bien, en esa foto él le estaba pidiendo un encendedor. 

Tenía esa manía estúpida de prestar los yesqueros y perderlos. De dejarlos abandonados en todos lados. De regalárselos a desconocidos y luego putear con un cigarro tambaleando entre los labios porque no tenía como coño encenderlos. Al inicio, eso daba risa. Era incluso motivo de bromas, y de romper el hielo. Un ''sabes que tengo un talento insólito para perder yesqueros'' bastaban para ligar a cualquier chica en un bar. Usualmente acompañaba esa frase con una anécdota curiosa de algún episodio alocado en el cual el protagonista era él en la búsqueda del encendedor perdido.

Por eso ella en esa imagen estaba distraída. 

Distraída como ahora, sumergida en milquinientos pensamientos distintos. Pensando en ese ''si yo hubiera'' que tenía diez años atragantado en la garganta. Rememorando una vez más la charla que nadie capturó en una foto.

''¿Me das un yesquero?'' le dijo. 

''Sí. Qué mala maña la tuya de perder o regalar los yesqueros y siempre estar chuleándote los míos''

Obstinada revolviendo entre los bolsillos de la cartera para encontrarle el fulano encendedor ella había obviado un par de detalles en el lenguaje corporal de él. 

La mirada perdida. La expresión que tenía su rostro. Su cara completa se tambaleaba como un cuadro mal colgado. Le temblaba el labio inferior, se los mordía para disimular. Una marca de cigarros distinta. Un cigarrillo que rezaba ''Belmont'' en letricas finitas, en vez de ''Marlboro''. Pendejadas, sí. Pendejadas que le anunciaban que algo estaba mal.

''Aquí tienes'' dijo ella sin percatarse de nada.

''Carlota, ¿por qué no te vienes conmigo a Barcelona?''

''¿De verdad? ¿Vas a insistir en esa locura? A ti te parece que yo deje todo lo que tengo aquí, para seguirte en un sueño que no tiene ni pies ni cabeza. ¡Arturo, por Dios! Aquí, yo soy alguien. Tú, eres alguien. Hay familia, amigos, trabajo. Aquí está nuestra gente. ¿Irnos? ¿En tu plan hippie de ''vamos a ver cómo nos va''? ¿Hasta cuándo vas a seguir siendo este niño recién graduado de quinto año?'' dijo ella. 

Arturo hizo silencio, exhaló el humo del cigarro. La miró. Procesó todas esa palabras que su novia disparó con su boquita de muñeca triste. Una boca que cuando quería era dulce y cuando no -como ahora- disparaba palabras como balas de una AK-47.

Un ''como tu digas, Carlota'' salió de su boca. 

Acabó su cigarrillo. Se levantó acomodándose el pantalón. Chequeando si dentro de los bolsillos conservaba un ticket de metro y los papeles que lo llevarían a su nueva vida. A su sueño. A un monoambiente de 35 metros en Barcelona. Un par de pasajes que podrían ser canjeados por un boleto sin fecha de retorno en primera clase de Iberia.

Besó a Carlota largo y tendido. La acompañó a casa no sin antes excusarse con sus amigos, alegó estar un poco cansado. Caminaron por la plaza, se subieron en el metro. No hablaron ni un solo minuto. Se apretaron las manos con fuerza. Carlota creía haber ganado esta batalla. ''Estación Altamira'' dijo la voz metálica del vagón, y ambos salieron. 

Llegaron al edificio de Carlota, uno por ahí en esa especie de ''no man's land'' que no es tan ''este'' ni tan ''ghetto'' por lo que uno puede sentirse seguro dándose besos de despedida afuera de un muro y una garita de vigilancia.

Carlota lo besó como nunca. 

''Nos vemos mañana, Arturo. Avísame al llegar''.

Hoy, en su terraza en México DF, Carlota mira su última foto con Arturo. 

Arturo se fue ese día, justo después de dejarla en su casa. Arturo avisó que llegó con un inbox de Facebook que decía:

''Sorry la hora, el vuelo tomó más de lo previsto. Llegué a mi casa, en Barcelona. Que solo es una casa porque estoy yo. Que pudo haber sido un hogar, contigo dentro. Pero nada, así es la vida. Cuídate. Come bien. Duerme bien. Sé feliz.''

La vida, las fotos y sus maneras de arruinarlo todo. 

Carlota, hoy tenía una casa, un marido, un trabajo increíble, un hijo. 

Y un ''si yo hubiera'' atragantado en la garganta. 

La vida da muchas vueltas, mas no hay un solo día en que Carlota no mire la foto y no se diga a sí misma:

''Yo debía haber aprendido catalán''.

martes, 1 de julio de 2014

Este tiempo es para ti.

Deja de joder un rato,
escúchame chiquilla, 
que te estoy hablando...

Luego de horas de escribir y tachar frases. De arrugar el papel. De borrar apretando con rabia esa barrita de la computadora que reza ''delete''. De limpiarse los ojos con el dorso de la mano. De aguantar el llanto. De decir todo aquello que está enredándole las tripas. Las neuronas. Las venas. Apretando con la mano izquierda el pecho, ese trocito de metal que simula un corazón anatómico. Ese pequeño trozo de latido prestado. Ajeno y propio.

Miles de veces replantee está conversación en mi cabeza. Corrijo, esta carta. Sabes muy bien que las conversaciones contigo jamás se me dieron bien. Hoy, no recuerdo con exactitud una sola charla en la que haya podido sostenerte la mirada, o la palabra. Siempre te consideré en ventaja. Siempre me sentí poca cosa. No es tu culpa. Para nada. Vos no tienes acumulado ni un solo pecado.

Quisiera ver llegar el día, en que pueda verte. A los ojos, con las manos limpias. El corazón latiendo firme en su puesto. Con la madurez para afrentar los miedos. Para llegarme con una maleta de sueños. Coger el primer teléfono público de aeropuerto, marcar tu número. Escuchar tu voz. Y decirte ''aquí estoy'', esperando que jamás sea muy tarde.

Eso, que haré todo lo posible por: portarme bien. Dormir bien. Comer bien. 

lunes, 29 de julio de 2013

Nocaut Técnico

(primer cuento con mi nombre, en una fiesta de gente mal portada que tiene una hermandad. Los HermanosChang)

Rebeca nunca pensó que de su boca pudiese salir una retahíla de barbaridades tan coherentes y punzo penetrantes. Como si fuese poseída en un instante por un demonio con una versión educada del síndrome de Tourette. Mientras tanto, Santiago quedaba en el sitio, desarmado por los coñazos verbales de su hasta ahora abnegada —y sobretodo paciente— novia. Y apenas iban por la tercera planta.

El resto del trayecto en el elevador prosiguió con la incomodidad de un viaje compartido por dos desconocidos, buscando un punto muerto en ese minúsculo espacio para esperar la apertura de puertas y salir huyendo de esa caja metálica  convertida en cuadrilátero de boxeo.

Dieciocho pisos eran más que tres rounds, definitivamente.

Vivían juntos desde hace dos años en un apartamento diseñado para cuatro personas, pero donde cabían dos a duras penas. A Santiago le bastó experimentar la vista desde la terraza para enamorarse del piso. Rebeca accedió, a pesar de la pequeña claustrofobia que sufrió en el ascensor, a pesar del desconcierto que le producía vivir separada de la tierra por dieciocho plantas de concreto y madera.

Rebeca se concentra en las lucecitas que señalan el recorrido del elevador, como lo hace cada vez que aborda el metro, siguiendo las paradas, mirándolas fijamente, con la esperanza de hacerlas aparecer y desaparecer más rápido, invocando alguna anomalía temporal que la ayude a llegar a su destino sin el sufrimiento de la espera.

La luz que anuncia el quinto piso la saca del trance, pero no pierde la compostura, sigue inmóvil, no quiere premiar a Santiago con el roce, no quiere dar pie a los abrazos de oso que él usa como arma secreta para zanjar cualquier malentendido. Se ha derretido mil noches entre esos brazos pero el cabrón merecía cada palabra que ella disparó a quemarropa apenas abordaron el ascensor.

Ascensor convertido en un ring de boxeo en el cual ella lo golpeaba con la fuerza de los insultos tantas veces reprimidos. Lo empujaba contra las cuerdas. Cabrón, mediocre, pendejo, pocohombre, pipichiquito. Inútil, gilipollas…

Rebeca se había transformado en un brawler –ese luchador popular en la lucha libre especialmente sañudo, que no da tregua jamás-  Pusilánime fue la que le dejó desconcertada, está convencida de nunca haber usado ese adjetivo en voz alta, sabía qué significaba, lo había leído hasta el cansancio, ¿pero usarlo? Jamás. Lo más curioso era haberlo escogido en medio de una furia ciega para expresar su frustración hacia él. Pusilánime. Sonaba a insulto de telenovela. Pero pensándolo bien daba justo en el clavo, porque era por la falta de cojones de Santiago que habían llegado a este punto de quiebre. A este conteo de protección. A este round decisivo.

Dos años de hacerse la víctima, el incomprendido, de que su arte era muy complejo para el proletariado —le encantaba esa palabra—, de esconder sus continuos reveses tras la máscara de algún editor que no entendía sus guiones, o sus dibujos.  Dos años en que, poco a poco, ella se fue dando cuenta de que precisamente odiaba las mismas cosas por las que una vez amó a este fracasado artista de cómics.

Una amiga en común, obsesionada con llenar sus carencias emocionales a través de otros, se encargó de que la pareja se conociera en una fiesta. Le había vendido a ambos una idea tan suculenta —por su perfección— que al momento de las presentaciones ya Rebeca y Santiago se deseaban a medio camino.  Los unía la espontaneidad resignada de los soñadores. También hicieron planes, planes de comerse al mundo. Planes de hacer la cosas bien, y juntos, de no ser una estadística más,  de convertirse en la historia que usen sus amistades para curarse en salud de los peligros del amor.

A Santiago le estaba costando horrores mantenerse de pie después de la abrupta explosión de su novia —todavía creía que a pesar de todo lo dicho iba a poder seguir llamándola así—. Seguían atrapados en esa caja maldita que se toma prácticamente horas para llegar hasta la casa.

Se la había encontrado de frente en el elevador al llegar a planta baja, él que bajaba para encontrarse con ella, ella que volvía a casa evidentemente ofuscada por su tardanza. Nomás salir de ese sarcófago tendrían que hablar, nunca había visto a Rebeca así, hiriente, enfurecida, pero resuelta y lapidariamente coherente.

Nunca habría esperado oírla decir pusilánime con tanta pasión, y mucho menos hacia a él. Pero desde la planta numero diez está plenamente conciente de que tiene la culpa de todo.

Por primera vez en su vida adulta se siente como un niñito regañado por la maestra. Santiago sabía que llegar tarde al compromiso de hoy le traería graves problemas, pero jamás vaticinó semejante verborrea vuelta coñamentazón.

Al principio a ella le parecía romántico que su novio no fuese esclavo del yugo de un reloj, ahora con un hogar compartido la cosa perdía magia, para convertirse en fuente más de miserias. Santiago examinaba su comportamiento de los últimos minutos, preparándose para el último round, ese que decide quién de los dos termina tendido en la lona.

Suena la campana del elevador, anunciando —por fin— la llegada triunfal a su destino.

Rebeca lanza un suspiro y lo mira con asco y desdén. No hizo falta mediar otra palabra. Santiago ha perdido la pelea de un nocaut técnico.

domingo, 28 de julio de 2013

Encuentro.


Todo empezó con una sencilla interrogante, ¿y cómo viniste a parar aquí?

Recordé entonces ese episodio gracioso de mi juventud, y de rememorar el momento exacto en el que decidí meter todos mis sueños en forma de ropa interior en una maleta vieja y raída, de esas de los 80’s y coger un avión rumbo a esta especie de país pequeño rodeado de mar.

Hay que comenzar, entonces, por explicarles que tengo ahora unos sólidos 30 años  y que vine un día decidida a apostarlo todo por amor. Sí, así de cliché. (Usualmente esta es la parte en la cual la audiencia se divide entre los suspiros de otras mujeres y las risas mal-disimuladas de los amigos)

No sé cuánto llevábamos en este teje-maneje tan 2.0, hasta ese día en el que decidí coger el primer avión y aparecerme, sin ninguna carta bajo la manga, con la intención real de invitarle a ensayar la vida.

Cuando llegué, luego de esa especie de limbo tan típico de los aeropuertos en temporada alta todo se tornó ridículamente veloz, atropellado. Pasar aduana, agarrar la maleta, revisar la hora, encender el celular, descubrir que no había cobertura, buscar tu número y llamarte. ‘’Usted ha ingresado al buzón de’’ seguido por los malditos dígitos de tu teléfono móvil. ¡La cagada! –Pensé- al recordar que, dada mi inexistente planificación y tu horario laboral era obvio que no responderías mi llamada.

¿Cómo coño se ocupa una en un aeropuerto minúsculo cuando lo que menos desea es prolongar la espera?

Nada, que como todos los caminos conducen a Roma, y a mí eso de ser paciente no se me da muy bien decidí coger un taxi y esperarte en ese centro comercial que sueles frecuentar todos los días al salir del trabajo. ¡Menos mal que siempre tengo un libro y una libreta para escribir! Si no, me hubieras encontrada medio arrecha y medio muerta del tedio.

No sé si te lo he dicho, pero siempre me ha parecido que aquí donde vivimos, el tiempo transcurre infinitamente más lento que en cualquier otra parte. Y que eso, ese día, me produjo una angustia feroz, implacable. Eso, y que hacía un calor de las milputas.

No voy a negártelo, entre los nervios, el miedo, la expectativa, pensé en girar mil veces sobre mis paso, coger el avión de vuelta a mi ciudad natal y caótica, y cerrar el capítulo del libro que habíamos empezado. 

Pero algo me detuvo.

Hoy, sé a ciencia cierta, que ese algo, llamémoslo amor, es más poderoso que cualquier miedo infantil.

Leí 30, 50, 180 páginas sin sentido, garabateé el libro, me tomé un café. Un ron. Un helado. Di vueltas. Canté mentalmente. Repasé los países, sus capitales, sus presidentes. Los secretarios generales de la Onu, desde Butros-Butros Gali, hasta Ban Ki Moon. Jugué a inventarle vidas a los transeúntes que pasaban. 

Pensé en mi casa, en mis plantas, en el hecho de que en Caracas no había nadie que me esperase. Hasta que sonó el teléfono.

Tu voz ronquita del otro lado de la línea.

¡Hola, Bati! Vi que me llamaste, ¿qué pasó?

Mi cara de idiota, mi cacofonía intencional. Mi mutismo selectivo.

¡Nada! Todo en orden, solo que estoy aquí. Y quería verte.

¿Aquí? –Dijiste escéptico- ¿Aquí?

Ajá, sí. Aquí.
(-Vaya par de idiotas- ahora que lo recuerdo)

¿Aquí en dónde? Dijiste intentando comprender.

Coño, aquí, en el centro comercial ese que queda por tu trabajo, en un banquito enfrente de una línea de taxis. Sudada y con cara de tonta, en posición de indio apretando una maleta.

¡Mierda! ¡Voy! Fue lo único medio coherente que pudiste decir.

Eso y los segundos interminables que transcurrieron desde que el celular me anunció que habías trancado. Que venías a buscarme. O no.

La angustia. Las veces que me ví en el espejo. Mi ‘’mamarrachitud’’.

Te acercabas en slow motion. Este momento tan ansiado, ensayado como temido. Tu sonrisa del otro lado de la calle. De nuevo mi cara de pendeja. Me puse los lentes de ver como cintillo para verte más lejos, y desdibujado. Para bajarme un poco la presión. Para decirle al corazón que se serenara, que sus palpitaciones sonaban tan duro, que hasta el fiscal de tránsito de la otra avenida podía oírlas.

Alcé la mano y te saludé. En plan –aquí no pasa nada-

Atravesaste la acera. Me miraste. Te miré. Aferrada totalmente a la maleta. Te reíste y preguntaste: ¿y si sueltas la maleta –no sé- yo digo- y me abrazas?

La solté. Se cayó al suelo haciendo un ruido enorme. Bajé la vista. Maldije mi torpeza. Me agarraste la mandíbula y susurraste; ‘’tranquila, la maleta no se va a ir a ningún lado’’.

Te miré. Como jamás había visto a alguien en mi vida. Te vi. Me vi. Me reí. Te abracé. Nos besamos.


Me quedé. 

viernes, 7 de junio de 2013

Papeles Inesperados.

Tengo un libro con la dedicatoria más rara del mundo. Está escrita en la primera página de un texto de Cortázar del cual jamás podré deshacerme. Reza ''gracias por cambiarme la vida''. Menudo compromiso.Yo hoy no sé a ciencia cierta si el autor es -en efecto- un mejor hombre, solo sé que esa dedicatoria me persigue, sin quererlo, sin planearlo, pero es así. A mi, ese libro me cambió la vida. Me recordó que hay varios tipos de lágrimas, que no todas significan lo mismo, que las más profundas son siempre para llorar aquellas cosas que valen la pena. Lamento informarte pues, que hoy, cuatro meses después lloré encima del libro. Con todos los ''papeles inesperados'' revueltos. Lloré porque finalmente acabé el ensayo sobre Julio que me tenía sin dormir. Porque cerré el libro y me vi completa, en paz. Sin miedo. Y volteé porque quería contarte. Y recordé que no estabas. Y extrañamente, lloré aliviada, como cuando abres un grifo y dejas correr el agua un rato. Y lloré, aliviada, porque gracias a dios -minúscula intencional- no estabas, porque por primera vez en un año y pico podía andar descalza con total libertad, sin sentir que tenía que andarme con cuidado para no tropezarme con los escombros de tu inseguridad. Porque caminé por mi propia casa, con paso firme, sin caminar de puntillas para no romperlo más. A diferencia de ti, a mi el libro me cambió la vida.  A ti, te la cambié yo.

martes, 22 de enero de 2013

Graciela.

A Graciela la dejaron. Un día hace ya bastante tiempo un hombre se levantó, se acomodó los pantalones y le dió las gracias. ''Que muy bonito, pero que no era suficiente''. El hombre recogió sus discos, sus libros, sus camisetas viejas y se largó. Para siempre. El hombre ni siquiera recuerda como se llama Graciela, ni a que sabe su boca, ni si tiene suaves las manos. Graciela no es más que una página arrancada de su novela. Un borrón de esos horribles que quedan cuando uno se empeña en borrar la tinta del bolígrafo con esas borras que más que borras parecen piedra pómez. El hombre continuó con su vida, y ama genuinamente a una mujer, que no tiene nada en común con Graciela, para más INRI. Pero Graciela sigue husmeando entre recuerdos, pasando un guayabo eterno, cosiendo y descosiendo su mortaja. Graciela se hizo un agujerito en la memoria, en la mirada, como un ''ojo mágico'' de puerta de apartamento, qué le permite ver pa'fuera. Y Graciela, a lo lejos ve a este hombre. Lo oye reír, lo ve besar en público a su nueva mujer. Y la envidia, y sufre, e inventa tarde a tarde maneras de robarles la alegría. Pero Graciela, sabe que no tiene vela en ese entierro. Que nunca la amaron. Que no fue más que un lugar ''tranquilo'' donde matar las ganas. En resumen, Graciela fue solo una muñeca inflable barata, y de carne y hueso.