sábado, 5 de julio de 2014

Foto en blanco y negro



A lo mejor eso hubiera podido durar por siempre.

Esa era la frase que se decía, día tras día, mientras miraba esa instantánea en blanco y negro, una fotografía espontánea que un amigo en común les había tomado en lo que parecía ser una charla de dos personas que ya la intimidad se les daba por sentado.

Ella, la de la fotografía tenía poco menos de 25 años. Él, en ese entonces rondaba los treinta.Ahora, ella tenía unos treintaytantos... Él, unos pocos más que ella. Llevaban sin hablarse casi diez años. Diez años es mucho tiempo. O muy poco. Todo depende de lo que se esté midiendo en ese intervalo.

Lo recordaba bien, en esa foto él le estaba pidiendo un encendedor. 

Tenía esa manía estúpida de prestar los yesqueros y perderlos. De dejarlos abandonados en todos lados. De regalárselos a desconocidos y luego putear con un cigarro tambaleando entre los labios porque no tenía como coño encenderlos. Al inicio, eso daba risa. Era incluso motivo de bromas, y de romper el hielo. Un ''sabes que tengo un talento insólito para perder yesqueros'' bastaban para ligar a cualquier chica en un bar. Usualmente acompañaba esa frase con una anécdota curiosa de algún episodio alocado en el cual el protagonista era él en la búsqueda del encendedor perdido.

Por eso ella en esa imagen estaba distraída. 

Distraída como ahora, sumergida en milquinientos pensamientos distintos. Pensando en ese ''si yo hubiera'' que tenía diez años atragantado en la garganta. Rememorando una vez más la charla que nadie capturó en una foto.

''¿Me das un yesquero?'' le dijo. 

''Sí. Qué mala maña la tuya de perder o regalar los yesqueros y siempre estar chuleándote los míos''

Obstinada revolviendo entre los bolsillos de la cartera para encontrarle el fulano encendedor ella había obviado un par de detalles en el lenguaje corporal de él. 

La mirada perdida. La expresión que tenía su rostro. Su cara completa se tambaleaba como un cuadro mal colgado. Le temblaba el labio inferior, se los mordía para disimular. Una marca de cigarros distinta. Un cigarrillo que rezaba ''Belmont'' en letricas finitas, en vez de ''Marlboro''. Pendejadas, sí. Pendejadas que le anunciaban que algo estaba mal.

''Aquí tienes'' dijo ella sin percatarse de nada.

''Carlota, ¿por qué no te vienes conmigo a Barcelona?''

''¿De verdad? ¿Vas a insistir en esa locura? A ti te parece que yo deje todo lo que tengo aquí, para seguirte en un sueño que no tiene ni pies ni cabeza. ¡Arturo, por Dios! Aquí, yo soy alguien. Tú, eres alguien. Hay familia, amigos, trabajo. Aquí está nuestra gente. ¿Irnos? ¿En tu plan hippie de ''vamos a ver cómo nos va''? ¿Hasta cuándo vas a seguir siendo este niño recién graduado de quinto año?'' dijo ella. 

Arturo hizo silencio, exhaló el humo del cigarro. La miró. Procesó todas esa palabras que su novia disparó con su boquita de muñeca triste. Una boca que cuando quería era dulce y cuando no -como ahora- disparaba palabras como balas de una AK-47.

Un ''como tu digas, Carlota'' salió de su boca. 

Acabó su cigarrillo. Se levantó acomodándose el pantalón. Chequeando si dentro de los bolsillos conservaba un ticket de metro y los papeles que lo llevarían a su nueva vida. A su sueño. A un monoambiente de 35 metros en Barcelona. Un par de pasajes que podrían ser canjeados por un boleto sin fecha de retorno en primera clase de Iberia.

Besó a Carlota largo y tendido. La acompañó a casa no sin antes excusarse con sus amigos, alegó estar un poco cansado. Caminaron por la plaza, se subieron en el metro. No hablaron ni un solo minuto. Se apretaron las manos con fuerza. Carlota creía haber ganado esta batalla. ''Estación Altamira'' dijo la voz metálica del vagón, y ambos salieron. 

Llegaron al edificio de Carlota, uno por ahí en esa especie de ''no man's land'' que no es tan ''este'' ni tan ''ghetto'' por lo que uno puede sentirse seguro dándose besos de despedida afuera de un muro y una garita de vigilancia.

Carlota lo besó como nunca. 

''Nos vemos mañana, Arturo. Avísame al llegar''.

Hoy, en su terraza en México DF, Carlota mira su última foto con Arturo. 

Arturo se fue ese día, justo después de dejarla en su casa. Arturo avisó que llegó con un inbox de Facebook que decía:

''Sorry la hora, el vuelo tomó más de lo previsto. Llegué a mi casa, en Barcelona. Que solo es una casa porque estoy yo. Que pudo haber sido un hogar, contigo dentro. Pero nada, así es la vida. Cuídate. Come bien. Duerme bien. Sé feliz.''

La vida, las fotos y sus maneras de arruinarlo todo. 

Carlota, hoy tenía una casa, un marido, un trabajo increíble, un hijo. 

Y un ''si yo hubiera'' atragantado en la garganta. 

La vida da muchas vueltas, mas no hay un solo día en que Carlota no mire la foto y no se diga a sí misma:

''Yo debía haber aprendido catalán''.

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