A Graciela la dejaron. Un día hace ya bastante tiempo un hombre se levantó, se acomodó los pantalones y le dió las gracias. ''Que muy bonito, pero que no era suficiente''. El hombre recogió sus discos, sus libros, sus camisetas viejas y se largó. Para siempre. El hombre ni siquiera recuerda como se llama Graciela, ni a que sabe su boca, ni si tiene suaves las manos. Graciela no es más que una página arrancada de su novela. Un borrón de esos horribles que quedan cuando uno se empeña en borrar la tinta del bolígrafo con esas borras que más que borras parecen piedra pómez. El hombre continuó con su vida, y ama genuinamente a una mujer, que no tiene nada en común con Graciela, para más INRI. Pero Graciela sigue husmeando entre recuerdos, pasando un guayabo eterno, cosiendo y descosiendo su mortaja. Graciela se hizo un agujerito en la memoria, en la mirada, como un ''ojo mágico'' de puerta de apartamento, qué le permite ver pa'fuera. Y Graciela, a lo lejos ve a este hombre. Lo oye reír, lo ve besar en público a su nueva mujer. Y la envidia, y sufre, e inventa tarde a tarde maneras de robarles la alegría. Pero Graciela, sabe que no tiene vela en ese entierro. Que nunca la amaron. Que no fue más que un lugar ''tranquilo'' donde matar las ganas. En resumen, Graciela fue solo una muñeca inflable barata, y de carne y hueso.
Road to Hollywood: Episode II
Hace 6 años

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