Claudia se levantó un día
decidida a mandarlo todo a la mierda. Harta de los convencionalismos, de ceder
el puesto en el metro, de morderse la lengua para no maldecir porque ''eso es pecado''. Se cansó de fingir
ser la perfecta niña graduada en un colegio católico. Quiso pararse de la cama,
ponerse la falda más corta, agarrar el primer libro, meter en un bulto un
encendedor, media caja de Marlboro, dos porros mal hechos, algo de efectivo,
una pantaleta limpia y bonita, de esas de ‘’por
si las moscas’’, un sweater finito, cepillo de dientes y dentífrico. Se
miró en el espejo, dejó un post-it en la nevera, en el que escribió las
primeras frases de su boleta de excarcelación:
''Ma, me marcho. No me llames
al celular. Desconecté esa cagada de teléfono, estoy hasta la madre de depender de su lucecita roja titilante para enterarme de qué demonios pasa en el mundo, allá afuera, lejos de los límites de este dúplex caraqueño. Me voy por ahí. Sola o
acompañada, no lo sé aún. No soporto más este submundo cínico de ‘’por
favor, permiso, gracias’’, de revistas ¡HOLA! Tiradas en el piso, de tanta
política y falsedad. Me voy. No aguanto tanto lexotanil, tanto tinte IGORA
VITAL pa’ tapar las canas, ni el hecho de que debo seguir fingiendo ser esa
niña virginal que amabas a los 15años. Tengo 25, vieja, y no tengo nada. A
veces me avergüenza la poca calle que he llevado. Me avergüenza esta
subnormalidad de ser ‘la clase media’. Estoy agotada de tener que aprender de la vida leyendo puras
páginas amarillentas de libros, cansada de escuchar música para saber qué
carajos significa vivir. Quiero más. No, NECESITO MÁS.
Cancelé las tarjetas de crédito, las cuentas del banco, y todo. Te dejé en la
cama una foto, un texto y nada más. Me sé tú número de memoria, eventualmente
te llamaré. Te amo, C''.
Mientras se cercioraba de que la
bendita nota estuviese fija en la puerta de la nevera se escuchó un grito.
¡Claudia, baja! Era ella, Claudia lo supo de inmediato. ¡Voy, coño! Le dijo a
la voz hasta ahora anónima que le esperaba bajo ese edificio, esa cárcel en la
que su vida había girado todos estos años, ese espacio que la mantenía sana y
salva, que la guardaba como si ella fuese una flor a la que el sol no debe
tocar. Su madre estaba convencida de que mientras más estuviera en casa, menos
daño le harían. ¡Qué equivocada estaba la vieja!, las flores, si no reciben
sol, agua, rocío, moscas, abejas y demás vainas, se marchitan igual. Y a
Claudia, el olor a encierro la estaba poniendo piche.

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