Ella y él siempre se veían en esa cafetería. Era el preludio perfecto para cualquier evento posterior. Ella, él y dos tazas de café. El de ella siempre variaba, como su ánimo, como su ropa y su forma de mirar, en cambio él siempre ordenaba lo mismo, ese jodido expresso corto, que más que café parecía petróleo.
Las paredes de ese café estaban llenas de fotografías antiguas, pósters e imágenes de momentos felices en blanco y negro o sepia. Y desde ese momento ellos asociaron la dicha con esos colores.
A ellos les gustaba imaginarse en el medio de esas fotos, sonriendo como los protagonistas, siendo partícipes de tanta alegría, como turistas dentro de esos mundos que vienen enmarcados para servir de decoración de algún lugarcito bohemio. Soñando con ir juntos a todos esos sitios.
Una bonita combinación. Sueños y café, ella y él. Un lugar perfecto para elaborar planes maestros. Para creerse superhéroes, o recién casados, depende del día.
Él era experto en dibujar universos en servilletas de papel, y ella una gurú de colocarle la frase que mejor describe cada galaxia creada. Lápices, bolígrafos y servilletas maltratadas, bocetos que atesoraba dentro de su Moleskine. Post-its que él conservaba dentro de su billetera desgastada.
Ella amaba verlo dibujando. Él adoraba mirarla escribir. Una simbiosis perfecta, como amar/ser amado. Como la espuma del café desbordándose de la taza, como las marcas que deja la taza en la servilleta, como el vapor aromático que se vuelve vaho húmedo en los cristales de sus lentes.
Cada cierto tiempo él le mendingaba un beso, de esos que se dan por inercia, que van cargados de un ''no seas fastidioso, tontín, que estoy concentrada escribiendo''. De esos besos que se dan por costumbre, pero que terminan en alborotar cualquier mal pensamiento. Ella lo besaba y luego cada uno volvía a lo suyo.
A escribir, a dibujar... y a mirarse.
Ella escribiendo, a lápiz, a bolígrafo, en el cuaderno, en la laptop, en el boleto del metro, en su mano, en la de él. Historias de un rosado medio grisáceo, ''te quieros'' llenos de dibujitos de niña de primaria, frases lapidarias y proposiciones indecentes. Soltaba el lápiz solo para propiciar roces inapropiados por debajo de la mesa. O para mostarle un trocito de cuaderno e invitarle a hacer el amor a través de una hoja de papel, con el temor siempre presente de que algún mesero se volviera voyeurista y leyese por encima de ellos cuando fuera a retirarles las tazas de café.
''Pesada y besucona'' así le describía él. ''Arisco y maniflojo'', le replicaba ella. Y así empezaban esa guerra de adjetivos, querra que en privado se volvía combate cuerpo a cuerpo, donde ganaba siempre el amor.

Hermoso, Batita.
ResponderEliminarMe siento ella :) y siento que él, es él. JAJAJA.