Todo empezó con una sencilla interrogante, ¿y
cómo viniste a parar aquí?
Recordé entonces ese episodio gracioso de mi
juventud, y de rememorar el momento exacto en el que decidí meter todos mis
sueños en forma de ropa interior en una maleta vieja y raída, de esas de los 80’s
y coger un avión rumbo a esta especie de país pequeño rodeado de mar.
Hay que comenzar, entonces, por explicarles
que tengo ahora unos sólidos 30 años y
que vine un día decidida a apostarlo todo por amor. Sí, así de cliché.
(Usualmente esta es la parte en la cual la audiencia se divide entre los
suspiros de otras mujeres y las risas mal-disimuladas de los amigos)
No sé cuánto llevábamos en este teje-maneje
tan 2.0, hasta ese día en el que decidí coger el primer avión y aparecerme, sin
ninguna carta bajo la manga, con la intención real de invitarle a ensayar la
vida.
Cuando llegué, luego de esa especie de limbo
tan típico de los aeropuertos en temporada alta todo se tornó ridículamente
veloz, atropellado. Pasar aduana, agarrar la maleta, revisar la hora, encender
el celular, descubrir que no había cobertura, buscar tu número y llamarte. ‘’Usted
ha ingresado al buzón de’’ seguido por los malditos dígitos de tu teléfono
móvil. ¡La cagada! –Pensé- al recordar que, dada mi inexistente planificación y
tu horario laboral era obvio que no responderías mi llamada.
¿Cómo coño se ocupa una en un aeropuerto
minúsculo cuando lo que menos desea es prolongar la espera?
Nada, que como todos los caminos conducen a
Roma, y a mí eso de ser paciente no se me da muy bien decidí coger un taxi y
esperarte en ese centro comercial que sueles frecuentar todos los días al salir
del trabajo. ¡Menos mal que siempre tengo un libro y una libreta para escribir!
Si no, me hubieras encontrada medio arrecha y medio muerta del tedio.
No sé si te lo he dicho, pero siempre me ha
parecido que aquí donde vivimos, el tiempo transcurre infinitamente más lento
que en cualquier otra parte. Y que eso, ese día, me produjo una angustia feroz,
implacable. Eso, y que hacía un calor de las milputas.
No voy a negártelo, entre los nervios, el
miedo, la expectativa, pensé en girar mil veces sobre mis paso, coger el avión
de vuelta a mi ciudad natal y caótica, y cerrar el capítulo del libro que
habíamos empezado.
Pero algo me detuvo.
Hoy, sé a ciencia cierta, que ese algo,
llamémoslo amor, es más poderoso que cualquier miedo infantil.
Leí 30, 50, 180 páginas sin sentido,
garabateé el libro, me tomé un café. Un ron. Un helado. Di vueltas. Canté
mentalmente. Repasé los países, sus capitales, sus presidentes. Los secretarios
generales de la Onu, desde Butros-Butros Gali, hasta Ban Ki Moon. Jugué a
inventarle vidas a los transeúntes que pasaban.
Pensé en mi casa, en mis
plantas, en el hecho de que en Caracas no había nadie que me esperase. Hasta
que sonó el teléfono.
Tu voz ronquita del otro lado de la línea.
¡Hola, Bati! Vi
que me llamaste, ¿qué pasó?
Mi cara de idiota, mi cacofonía intencional.
Mi mutismo selectivo.
¡Nada! Todo en orden, solo que estoy aquí. Y
quería verte.
¿Aquí? –Dijiste escéptico-
¿Aquí?
Ajá, sí. Aquí.
(-Vaya par de idiotas- ahora que lo recuerdo)
¿Aquí en dónde? Dijiste
intentando comprender.
Coño, aquí, en el centro comercial ese que
queda por tu trabajo, en un banquito enfrente de una línea de taxis. Sudada y
con cara de tonta, en posición de indio apretando una maleta.
¡Mierda! ¡Voy! Fue lo único medio coherente
que pudiste decir.
Eso y los segundos interminables que
transcurrieron desde que el celular me anunció que habías trancado. Que venías
a buscarme. O no.
La angustia. Las veces que me ví en el
espejo. Mi ‘’mamarrachitud’’.
Te acercabas en slow motion. Este momento tan
ansiado, ensayado como temido. Tu sonrisa del otro lado de la calle. De nuevo
mi cara de pendeja. Me puse los lentes de ver como cintillo para verte más
lejos, y desdibujado. Para bajarme un poco la presión. Para decirle al corazón
que se serenara, que sus palpitaciones sonaban tan duro, que hasta el fiscal de
tránsito de la otra avenida podía oírlas.
Alcé la mano y te saludé. En plan –aquí no
pasa nada-
Atravesaste la acera. Me miraste. Te miré.
Aferrada totalmente a la maleta. Te reíste y preguntaste: ¿y si sueltas la maleta –no sé- yo digo- y me abrazas?
La solté. Se cayó al suelo haciendo un ruido
enorme. Bajé la vista. Maldije mi torpeza. Me agarraste la mandíbula y susurraste;
‘’tranquila, la maleta no se va a ir a ningún lado’’.
Te miré. Como jamás había visto a alguien en
mi vida. Te vi. Me vi. Me reí. Te abracé. Nos besamos.
Me quedé.

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