domingo, 28 de julio de 2013

Encuentro.


Todo empezó con una sencilla interrogante, ¿y cómo viniste a parar aquí?

Recordé entonces ese episodio gracioso de mi juventud, y de rememorar el momento exacto en el que decidí meter todos mis sueños en forma de ropa interior en una maleta vieja y raída, de esas de los 80’s y coger un avión rumbo a esta especie de país pequeño rodeado de mar.

Hay que comenzar, entonces, por explicarles que tengo ahora unos sólidos 30 años  y que vine un día decidida a apostarlo todo por amor. Sí, así de cliché. (Usualmente esta es la parte en la cual la audiencia se divide entre los suspiros de otras mujeres y las risas mal-disimuladas de los amigos)

No sé cuánto llevábamos en este teje-maneje tan 2.0, hasta ese día en el que decidí coger el primer avión y aparecerme, sin ninguna carta bajo la manga, con la intención real de invitarle a ensayar la vida.

Cuando llegué, luego de esa especie de limbo tan típico de los aeropuertos en temporada alta todo se tornó ridículamente veloz, atropellado. Pasar aduana, agarrar la maleta, revisar la hora, encender el celular, descubrir que no había cobertura, buscar tu número y llamarte. ‘’Usted ha ingresado al buzón de’’ seguido por los malditos dígitos de tu teléfono móvil. ¡La cagada! –Pensé- al recordar que, dada mi inexistente planificación y tu horario laboral era obvio que no responderías mi llamada.

¿Cómo coño se ocupa una en un aeropuerto minúsculo cuando lo que menos desea es prolongar la espera?

Nada, que como todos los caminos conducen a Roma, y a mí eso de ser paciente no se me da muy bien decidí coger un taxi y esperarte en ese centro comercial que sueles frecuentar todos los días al salir del trabajo. ¡Menos mal que siempre tengo un libro y una libreta para escribir! Si no, me hubieras encontrada medio arrecha y medio muerta del tedio.

No sé si te lo he dicho, pero siempre me ha parecido que aquí donde vivimos, el tiempo transcurre infinitamente más lento que en cualquier otra parte. Y que eso, ese día, me produjo una angustia feroz, implacable. Eso, y que hacía un calor de las milputas.

No voy a negártelo, entre los nervios, el miedo, la expectativa, pensé en girar mil veces sobre mis paso, coger el avión de vuelta a mi ciudad natal y caótica, y cerrar el capítulo del libro que habíamos empezado. 

Pero algo me detuvo.

Hoy, sé a ciencia cierta, que ese algo, llamémoslo amor, es más poderoso que cualquier miedo infantil.

Leí 30, 50, 180 páginas sin sentido, garabateé el libro, me tomé un café. Un ron. Un helado. Di vueltas. Canté mentalmente. Repasé los países, sus capitales, sus presidentes. Los secretarios generales de la Onu, desde Butros-Butros Gali, hasta Ban Ki Moon. Jugué a inventarle vidas a los transeúntes que pasaban. 

Pensé en mi casa, en mis plantas, en el hecho de que en Caracas no había nadie que me esperase. Hasta que sonó el teléfono.

Tu voz ronquita del otro lado de la línea.

¡Hola, Bati! Vi que me llamaste, ¿qué pasó?

Mi cara de idiota, mi cacofonía intencional. Mi mutismo selectivo.

¡Nada! Todo en orden, solo que estoy aquí. Y quería verte.

¿Aquí? –Dijiste escéptico- ¿Aquí?

Ajá, sí. Aquí.
(-Vaya par de idiotas- ahora que lo recuerdo)

¿Aquí en dónde? Dijiste intentando comprender.

Coño, aquí, en el centro comercial ese que queda por tu trabajo, en un banquito enfrente de una línea de taxis. Sudada y con cara de tonta, en posición de indio apretando una maleta.

¡Mierda! ¡Voy! Fue lo único medio coherente que pudiste decir.

Eso y los segundos interminables que transcurrieron desde que el celular me anunció que habías trancado. Que venías a buscarme. O no.

La angustia. Las veces que me ví en el espejo. Mi ‘’mamarrachitud’’.

Te acercabas en slow motion. Este momento tan ansiado, ensayado como temido. Tu sonrisa del otro lado de la calle. De nuevo mi cara de pendeja. Me puse los lentes de ver como cintillo para verte más lejos, y desdibujado. Para bajarme un poco la presión. Para decirle al corazón que se serenara, que sus palpitaciones sonaban tan duro, que hasta el fiscal de tránsito de la otra avenida podía oírlas.

Alcé la mano y te saludé. En plan –aquí no pasa nada-

Atravesaste la acera. Me miraste. Te miré. Aferrada totalmente a la maleta. Te reíste y preguntaste: ¿y si sueltas la maleta –no sé- yo digo- y me abrazas?

La solté. Se cayó al suelo haciendo un ruido enorme. Bajé la vista. Maldije mi torpeza. Me agarraste la mandíbula y susurraste; ‘’tranquila, la maleta no se va a ir a ningún lado’’.

Te miré. Como jamás había visto a alguien en mi vida. Te vi. Me vi. Me reí. Te abracé. Nos besamos.


Me quedé. 

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