lunes, 3 de octubre de 2011

Pertenecer.


Y allí estábamos los dos, después de habernos ido de fiesta toda la noche decidimos ir a su casa a seguir bebiendo nuestras soledades.

Nos sentamos en las tumbonas de la terraza a contemplar Caracas, silenciosa y dormida. Como si estuviera en el medio de una sobredosis y hubiera caído sedada en un trance. Más allá de la ventana solo se veía el Ávila y una que otra lucecita de algún farol encendido.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos así, en silencio mirando la inmensidad de la ciudad, mansa y dormida, como una mujer después de hacer el amor. Ninguno de los dos quería hablar, por miedo a romper la magia del momento. Por temor a decir aquello que sentíamos pero que no tenía caso sacar a colación.

Pasaron los minutos y los dos seguíamos así, callados, viendo los vasos de ron sudar encima de la mesa, mientras nosotros aspirábamos ese humo tóxico y sanador de nuestros cigarrillos. 

Voltée a verlo, no sé si por instinto o por esa necesidad imperiosa de fusilarlo en mis pupilas, como si fuera a quedarme ciega y quisiera preservar su rostro -así, allí- en mi memoria visual. 

Él se atrevió a romper el silencio. Sin mirarme,me dijo:

“Necesito pertenecer a algún lugar”.

Le hacía falta un territorio, como si no encontrase su propia geografía. Yo sólo pensaba en toda su libertad. En que no formaba parte de nada, en que no estaba malditamente atado a ningún punto cardinal, a que no dependía de un huso horario. Sabía que al no tener sitio no podía apegarse a nada, ni abandonar nada, ni extrañar nada.Era inmune a las ataduras, y a los verbos asociados a la nostalgia, a la melancolía. No tendría que vivir el exilio o el regreso, no sería protagonista de bienvenidas/despedidas, no viviría del hasta luego, ni del adiós.Yo envidiaba su vida de nómada, su desapego. El no ser de aquí ni de allá, su carencia total de cuando-donde, su incapacidad para creer en los adverbios de lugar. Lo envidiaba,envidiaba sus encuentros fugaces, casuales e intermitentes. Envidiaba la mordacidad en la que vivía y la no dependencia de nadie. Yo soñaba con llegar a un lugar sola, a un sitio donde no esperar ni aguardar por nada ni nadie, yo solo deseaba estar y ser sin tener que padecer los embates del adiós. 

Pero él anhelaba un espacio del cual irse y al cual llegar.

Yo lo escuchaba y sólo quería no pertenecer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario