Silencio.
Un silencio cómplice de un encuentro que ha sido tan ansiado como pospuesto. No hay ruidos, tal vez la respiración de ambos, de manera casi imperceptible para los sentidos. Sentidos que están presentes. Expectantes. Una puerta se cierra, una luz tenue se enciende.Una luz que es lo suficientemente fuerte como para dibujar perfectamente la escena, pero tan sutil que pareciera no estar siquiera iluminándolos. Ella y él. Ella, él y las ganas. El deseo. Es cierto aquello que dicen, en todo encuentro erótico siempre hay un tercero presente; la imaginación. Ambos deseándose, a la expectativa de quitar todo aquello que sobra, queriendo darse un abrazo de esos en los que la ropa, más que nada estorba.
Él se acerca, con cuidado de no romper la magia del momento. Se da cuenta que ella está nerviosa, que una gota de sudor resbala por su cuello, y va a perderse de vista en el medio de sus senos. Con toda la cautela del mundo, el comienza a acariciarle el rostro, con sus manos delínea el borde de su cara, llega a su cuello y se detiene, la mira fijamente. Con lo cerca que están podría abalanzarse sobre ella y darle un beso, pero se contiene -ya habrá tiempo para besarla como es debido-. Con delicadeza baja uno de los tirantes de la camiseta, percibe la redondez de su hombro, acaricia ese espacio perfectamente cónvaco que hace su cuello con el inicio de su busto. Repite el movimiento, de manera casi mecánica, como si obrara por inercia en el hombro izquierdo. La blusa pierde firmeza y se desliza hasta quedar presa en la frontera que hacen los jeans, dejando al descubierto sus pechos, que firmes, esperan el momento en el que él los acaricie. Levanta la mirada, y la mira de nuevo. Los labios de ella están entreabiertos, como si quisiera dejar escapar algo, un grito, un gemido, un suspiro. Pero lo mira, y se reprime. Piensa que tal vez es demasiado pronto para dejar que salga en torrente; el miedo, el verbo y las ganas de sentir.
Él la mira sin parpadear, como fusilándola en sus pupilas. Como queriendo grabar este momento a fuego sobre la córnea y verla y reconocerla aún cuando cierre los ojos.
Un ruido interrumpe la escena. Un bip cada vez más metálico se escucha por toda la habitación. Es el celular de él, sonando, con la respectiva lucecita roja titilando en la pantalla. Rápidamente, y con violencia lo coge: ''Maldito celular'', dice. Revisa el mensaje con ira, hasta que una sonrisa atraviesa su rostro:
''Te he enviado un mail. Espero que estés pasándolo bien.''.
Él se pasa la mano por la cara, de manera descuidad; ''vaya manera de joderme las fantasías''.

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