Era la chica de la mirada soñadora, de esas que creían que con cerrar los ojos se volvía invisible para todo el mundo. Le gustaba caminar descalza y mirar las estrellas desde la azotea. De esas chicas que decían ‘’te quiero’’ bajito y mirándolo todo con los ojos abiertos como de lechuza. Era la de las manos frías, los besos calientes, y las palabras agudas. El silencio solía ser el único acompañante de sus equivocaciones y a veces lo confundía con la crítica. Perdía la poca calma que tenía en un beso y estaba clara en que pasaría la vida entre desgracias y alegrías, porque le encantaba jugar con las hecatombes y sentía demasiado con ese corazón loco que tenía.
Su mayor miedo era sentirse muerta, porque quería vivir, no solo sentirse viva. Podía llevarte a la luna un día cualquiera y hacerte bajar al mismísimo infierno si así lo pedías. No creía en conceptos absolutos y pensaba firmemente en que se podía hacer un país con el ser amado.
Sabía que no se podía estar sin ser, ni ser sin estar…que esos verbos eran la prueba indubitable de que hay cosas que no pueden separarse, y que hay uniones necesarias, como el día y la noche, como ella y él.
Era de esas que deseaban quitarle la ropa a ese que está en la distancia, pero que cuando se encuentra con él en la cercanía olvida siquiera como se desabrochan sus propios botones, esos botones que le abren las puertas a la pasión y que encierran miedos y sentimientos. Si el corazón gritaba no sabía como hacerlo callar y si la vida le dolía podía estarse todo el día en posición fetal mirando al mismo punto ciego de la pared.
Así era ella, impúdica, pública, altisonante, casi como el kitsch comunista.
Cinematográfica y teatral, diplomática e imprudente. Porque la vida es aquí y ahora, porque no hay tiempo para preguntarnos cosas que no queremos (honestamente) saber, porque el tiempo apremia, y todos somos espacio y tiempo.
Por eso ella sueña, ríe, grita, llora, besa, ama, miente, habla, calla, duerme, canta, escribe, piensa, actúa...falla. Porque cuando se enamora dibuja corazones en las paredes, y cuando la dejan los tacha, como tachan los presos los días de condena que han cumplido. Y sabe que siempre hay que mirar a los dos lados antes de cruzar la calle, antes de romper una regla, antes de cometer un pecado y atravesar una línea.
Y que pase lo que pase, el golpe avisa.


Una prosa muy ágil. Me encanta como juegas con las antítesis y los estados de ánimo de ambos extremos
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