Ella se había habituado al zapping afectivo, lleno de encuentros casuales e intermitentes. A las llamadas en horario de burdel, a los mensajes inapropiados llenos de ganas de dejar mordidas en los hombros.
Ella, se había acostumbrado a despertar sola, en la mitad de una cama completamente hipócrita. Estaba cómoda en ese ''cuando-donde'' en el que no hay segunda persona del plural, en un sitio en el que no hay cabida para el ''nosotros''. Una especie de ''no-relación'' en el que solo había sexo, pasiones y uno que otro gesto que raya en el ''cariño acomodaticio de dos soledades juntas''.
Ella ya era una maestra en el arte de follar sin apegarse, de coger sin agarrarse cariño, sin soltar ''te quieros inapropiados'', sin abrazarse después de acabar, sin quedarse a dormir con el incauto de turno. Ella, ya era experta en el asunto de ''en mi casa, en 15minutos. Ve preparado''. Sabía cuando era el momento oportuno para vestirse, fumarse el último cigarro e irse.
Ella, tenía tanto tiempo en el ''follar'' que había olvidado que existían otras cosas igual de placenteras. Haía olvidado lo que era el sexo tierno, de ''me gustas mucho y quiero prolongarlo'', de ''quédate aquí, a mi lado'', de '' vamos a dormir juntos''.
Ella, incrédula y cara dura como era, desconfiaba de cualquiera que se acercara con esas intenciones. Pero como no hay ciclo que no termine, ni fecha que no se cumpla, un buen día apareció EL.
EL, no era para nada el prototipo de folla-amigo con el que ella solía interactuar, no se parecía en nada a cualquier ''sex partner'' que se le pudiera antojar a Ella, más bien era el típico chico con el que se podía compartir un café y unas risas a todo volumen. EL tenía más pinta de mejor amigo-paño de lágrimas que de amante.
EL supo colarse poco a poco, primero escuchando las anécdotas que ella narraba sobre las ganas que le tenía a ese pobre pendejo con pinta de conquistador venido a menos. Después, EL, se enfocaba en hablarle de cualquier cosa, en acercarse en plan de ''no me atraes ni un solo poquito''. Luego, una noche, en la que ELLOS eran los únicos sobrios, les tocó compartir un taxi, que a falta de espacio sentó a Ella encima de las piernas de EL, mientras EL le sujetaba la mano fuertemente.
Después de ese día, Ella, que sabía leer muy bien las señales, decidió ir a por EL. Conquistarlo, metérsele por los ojos, por los poros, en la cabeza. Ella, que bastante bien se le daba eso de seducir, lo invitó a quedarse con ella, a pasar la noche, a ver que sucedía, con la esperanza de que se cumpliera su teoría, de que EL no fuera la excepción que confirmase la regla.
Pero Ella, estaba totalmente equivocada. EL, era más que un sexo esperando ser bien recibido. EL era todo sonrisas, piropos, cosquillas, era naturalidad en su máxima expresión, era complicidad, ternura. EL era como volver a tener quince años, y permitirse, en la libertad de una ciudad ajena, ser toda risas en la calle, ser besos de buenos días, abrazos de ''es hora de dormir''. Bailes impropios de ''vámonos ya a estar solos''.
EL llegó, no sabe aún si para quedarse o no.
Ella está aquí, esperándolo... para ver si se queda -del todo- a su lado.

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