Le soñé unas manos precisas,
grandes, de esas capaces de cincelar desperfectos en un cuerpo cualquiera y
descubrir una diosa griega. Le soñé una paciencia eterna, como de mañana en los
polos, y una mirada de esas que detienen el tiempo y la rotación de la Tierra.
Le soñé unos labios suaves, de esos que piden guerra a gritos.
Le soñé una piel clarita, como de
primer rayo de sol en la aurora, lisa como el borde del cristal de la ventana.
Le soñé una barba descuidada, de esas que si se rozan con mucha fuerza rasgan y
dejan marquitas contra la piel finita del pecho. Le soñé un carácter fuerte, de
esos que pueden controlarse y descontrolarse al ritmo de los latidos del corazón.
Le soñé una capacidad innata de querer/ser querido.
Le descubrí desnudo, siendo un potencial
choque de trenes. Le soñé una espalda llena de pecas, esperando ser unidas para
descubrir un dibujo. Le soñé un sabor a ron, a ayer, al sexo que se fue… a risa
engavetada en la despensa. Le soñé un pasado conflictivo, y miles de mañas,
como lo mucho que tarda en amanecer. Como el whisky seco. Como su
caballerosidad desmedida, y su autocontrol. Como ese talento inútil para irse
por la tangente. Le soñé una cantidad exagerada de temores, de preguntas.
Le soñé, y mientras lo soñaba fue
mío. Solo mío. Enredado entre mis sábanas, en mis dedos, entre mis piernas,
como Peter Pan siendo niño perdido en ese País de Nunca Jamás que se esconde en
mis muslos.
Me derretía su mirada que escondía un ‘’que te
voy a decir a ti que ya no sepas’’. Se reía de mis gestos y muecas, de mis
tonterías. Me hacía sentir capaz de elevarme unos centímetros del suelo.
Y los viernes, me hacía el
almuerzo y me invitaba a pecar a su lado. A cumplir con algunos de los siete
capitales, con la gula y la lujuria. Con un poquito de pereza. Con esas ganas
de generarle envidia a los demás mortales que no tenían comida en la mesa y un
par de piernas tibias de postre.
No sé que más puedo contarles,
tan solo sé que si pudiesen vernos por un huequito, y descubrieran nuestro ridículo
universo sentirían celos, unos celos bíblicos de tener algo parecido al cielo en
ese breve espacio que congrega a dos cuerpos que solo quieren conocerse palmo a
palmo. Si lo viesen dormir sobre la almohada, querrían quedarse a vivir allí/así.
Es un tipo de esos que si en algún momento
tuvo papeles, pues conmigo los perdió todos. Y lo digo con conocimiento de
causa, porque lo he visto perder cosas que ni sabía que tenía. Podría decirles
como huele su piel, y ese espacio cóncavo entre su mandíbula y su cuello donde
mi lengua juega a provocarle malos pensamientos.
Pero nada de lo que les cuente se
compara a tenerlo al lado. A oírle respirar de noche, y negar que ronca en la
madrugada. Al calor de su espalda, a la frialdad de sus manos en mis nalgas, al
sabor de sus besos en mis labios. Al tono de su voz cuando dice mi nombre
completo. A mis gemidos en sus oídos, a sus mordiscos en mis hombros.
ÉL no es más que el Paraíso, las palabras se le quedan cortas, y a mi me tapan todo, y a él no le gusta
verme tan vestida.
Cuando lo conocí, fui incapaz de
determinarlo. ¡Bah! Que estoy mintiendo, que le puse el ojo apenas lo escuché
hablar, que quise provocarlo, tenerlo, exponerle mis teorías más descabelladas,
hacerlo cómplice de mis sueños, lascivias. Volverlo copiloto de mi risa. Que el
tipo, era un puto espectáculo, la mezcla perfecta de irreverencia, elegancia y
mal rollito. Con una mueca por sonrisa que gritaba a los cuatro vientos ‘’he
venido a joderte los planes’’.
Lo recibí con mi cara de ‘’sé
mucho más de lo que aparento’’. Me vió con su mejor gesto de ‘’ que gane el
mejor’’. Le sonreí con una risa burlona de esas que claman ‘’atrévete. Rétame.
Rompe todos mis esquemas’’.
Y sí, por un breve momento fuimos
un par de yonquis, sumidos en la adicción de sentir, sin pensar. Dejándonos
llevar, sin pensar en nada más. Volviendo siempre a nuestro Nunca Jamás; pero
lo malo de todo sueño, es que en algún momento alguien quiere crecer, y volver
a la realidad.

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