miércoles, 2 de mayo de 2012

Nunca Jamases.


Le soñé unas manos precisas, grandes, de esas capaces de cincelar desperfectos en un cuerpo cualquiera y descubrir una diosa griega. Le soñé una paciencia eterna, como de mañana en los polos, y una mirada de esas que detienen el tiempo y la rotación de la Tierra. Le soñé unos labios suaves, de esos que piden guerra a gritos.

Le soñé una piel clarita, como de primer rayo de sol en la aurora, lisa como el borde del cristal de la ventana. Le soñé una barba descuidada, de esas que si se rozan con mucha fuerza rasgan y dejan marquitas contra la piel finita del pecho. Le soñé un carácter fuerte, de esos que pueden controlarse y descontrolarse al ritmo de los latidos del corazón. Le soñé una capacidad innata de querer/ser querido.

 Le descubrí desnudo, siendo un potencial choque de trenes. Le soñé una espalda llena de pecas, esperando ser unidas para descubrir un dibujo. Le soñé un sabor a ron, a ayer, al sexo que se fue… a risa engavetada en la despensa. Le soñé un pasado conflictivo, y miles de mañas, como lo mucho que tarda en amanecer. Como el whisky seco. Como su caballerosidad desmedida, y su autocontrol. Como ese talento inútil para irse por la tangente. Le soñé una cantidad exagerada de temores, de preguntas.

Le soñé, y mientras lo soñaba fue mío. Solo mío. Enredado entre mis sábanas, en mis dedos, entre mis piernas, como Peter Pan siendo niño perdido en ese País de Nunca Jamás que se esconde en mis muslos.

 Me derretía su mirada que escondía un ‘’que te voy a decir a ti que ya no sepas’’. Se reía de mis gestos y muecas, de mis tonterías. Me hacía sentir capaz de elevarme unos centímetros del suelo.

Y los viernes, me hacía el almuerzo y me invitaba a pecar a su lado. A cumplir con algunos de los siete capitales, con la gula y la lujuria. Con un poquito de pereza. Con esas ganas de generarle envidia a los demás mortales que no tenían comida en la mesa y un par de piernas tibias de postre.

No sé que más puedo contarles, tan solo sé que si pudiesen vernos por un huequito, y descubrieran nuestro ridículo universo sentirían celos, unos celos bíblicos de tener algo parecido al cielo en ese breve espacio que congrega a dos cuerpos que solo quieren conocerse palmo a palmo. Si lo viesen dormir sobre la almohada, querrían quedarse a vivir allí/así.

 Es un tipo de esos que si en algún momento tuvo papeles, pues conmigo los perdió todos. Y lo digo con conocimiento de causa, porque lo he visto perder cosas que ni sabía que tenía. Podría decirles como huele su piel, y ese espacio cóncavo entre su mandíbula y su cuello donde mi lengua juega a provocarle malos pensamientos.

Pero nada de lo que les cuente se compara a tenerlo al lado. A oírle respirar de noche, y negar que ronca en la madrugada. Al calor de su espalda, a la frialdad de sus manos en mis nalgas, al sabor de sus besos en mis labios. Al tono de su voz cuando dice mi nombre completo. A mis gemidos en sus oídos, a sus mordiscos en mis hombros.

ÉL no es más que el Paraíso, las palabras se le quedan cortas, y a mi me tapan todo, y a él no le gusta verme tan vestida.

Cuando lo conocí, fui incapaz de determinarlo. ¡Bah! Que estoy mintiendo, que le puse el ojo apenas lo escuché hablar, que quise provocarlo, tenerlo, exponerle mis teorías más descabelladas, hacerlo cómplice de mis sueños, lascivias. Volverlo copiloto de mi risa. Que el tipo, era un puto espectáculo, la mezcla perfecta de irreverencia, elegancia y mal rollito. Con una mueca por sonrisa que gritaba a los cuatro vientos ‘’he venido a joderte los planes’’.

Lo recibí con mi cara de ‘’sé mucho más de lo que aparento’’. Me vió con su mejor gesto de ‘’ que gane el mejor’’. Le sonreí con una risa burlona de esas que claman ‘’atrévete. Rétame. Rompe todos mis esquemas’’.

Y sí, por un breve momento fuimos un par de yonquis, sumidos en la adicción de sentir, sin pensar. Dejándonos llevar, sin pensar en nada más. Volviendo siempre a nuestro Nunca Jamás; pero lo malo de todo sueño, es que en algún momento alguien quiere crecer, y volver a la realidad.

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