Ella y él. Luego de uno que otro encuentro maravilloso y algunos encuentros fallidos volverían a reencontrarse, en marzo, cuando impávida la primavera llega dispuesta a alterarlo todo.
Ella lo esperó detrás de inmigración, en ese espacio en el que tendrían que despedirse y encontrarse en varias ocasiones a lo largo de los años.
Allí estaba él, sonreía a través del plexiglás mientras le entregaba los documentos a la funcionaria de aduana, mientras ella nerviosa, lo miraba de lejos e intentaba –sin éxito- arreglarse el cabello.
Un minuto, dos, tres… parecía una eternidad el trayecto que separaba el camino entre inmigración y la especie de sala de espera/pasillo/recibidor del aeropuerto, y era tanta la ansiedad que el mundo parecía girar en slow motion. Él la miraba y sonreía más y más a cada paso que lo acercaba a ella, a ella se le iluminaba el mundo al observarlo así, de cerca y tan feliz.
Al final del recorrido él puso la pesada maleta en el suelo y se detuvo frente a ella, a unos escasos centímetros de su rostro, se sonrieron como por primera vez. Ella se puso de puntitas y se colgó del cuello de él, e instantáneamente halló el espacio cóncavo donde alguna vez había reposado tranquila.
Fue un abrazo intenso, de esos que buscan transmitir el amor de meses acumulado entre bits y bytes de un monitor, entre los píxeles y los mensajes de texto, entre correos, dm’s y tweets. Un abrazo que al fin pudiera estremecer cada célula del cuerpo, cada poro de la piel.
Un abrazo que pudiera recordarse en los momentos en los que la globalización y la tecnología ayuden a mantener entre ellos un poquito de pseudo-cotidianidad.
Cuando salieron del aeropuerto rumbo al carro, iban tomados de la mano, él arrastrando la maleta y ella llevando consigo tantos sueños compartidos, se miraron un par de veces más y llegaron al automóvil.
Ella abrió la compuerta trasera y le dijo a él que subiera el equipaje. Él atento subió la maleta; se miraron una vez más y él dijo; ‘’si quieres manejo’’; ella le respondió con un ‘’estás cansado, deja y yo lo hago’’.
Subieron en silencio, no hacía falta entre los dos mediar ninguna palabra, palabras dichas, gastadas e intercambiadas había entre los dos, y de sobra.
Ella fue a ajustarse el cinturón de seguridad y en ese instante coincidieron ambos cuerpos, chocaron un poco, hubo un roce extraño entre ella y él, una mirada sensual y la tensión sexual acumulada en los meses empezó a causar estragos.
Empezaron a besarse como si no hubiera mañana, y mientras aumentaba la intensidad de los besos un torrencial aguacero hacía que el cielo se viniese abajo, tal vez para crear atmósfera o para callar los gemidos que próximamente serían la banda sonora de éste encuentro.
Ella se pasó al puesto del copiloto que ocupaba él, sentada a horcajadas se desvistió con la pericia de una bailarina exótica y con la premura de una mujer que lleva mucho tiempo deseando ser amada.
Volaron camisetas, chaquetas, los botones de la camisa de él se desperdigaron por el piso del carro, se bajaron cierres…manos y labios divagaban por los cuerpos, tocando, besando, sintiendo.
Era verdad, se deseaban, tanto o más que la primera vez que, impacientemente, habían decidido pasar a lo físico.
Al cabo de un rato, él le preguntó ‘’ ¿estás tratando de seducirme?’’. Ella dijo; ‘’No, estoy tratando de amarte de una vez por todas y con todos los sentidos’’; y justo allí encendió el motor.


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