lunes, 11 de junio de 2012

Instantes.

Experto como era en frases trampa me dijo un ''adiós'' que parecía una invitación a seguir jugando ese jueguito malsano en el que se da-se pide-se entrega la vida, que un ''esto se acabó''.

A su lado aprendí que la poesía une cuerpos, que los lunares se hicieron para descubrir dibujos, que hay cosas de las que es mejor no hablar.

Juntos no éramos más que un par de soledades fingiendo acompañarse. Fanáticos confesos de eso que llamamos ''instantes''. Para mí la vida eterna dura solo un rato; para él la vida son instantes que desperdiciamos aceptando compromisos.

Yo le juré un presente, un hasta luego, y un último polvo, con la promesa de que nuestra despedida sería como lanzarnos de una azotea e ir saludando en cada piso. Un adiós lento, lentísimo, tortuoso, colmado de chow, de bautizo con trago en la cara, de escena de celos en mitad de un bar, digna de alguna película de Almodóvar. 

Este telón se cierra. Comienzan a aparecer los créditos de nuestro cortometraje. Mientras el público se levanta de sus sillas, con cara de haber presenciado una pésima película húngara, yo te espero aquí, para darte mi más sentido bésame.

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