Tal vez tu quieras seguir creyendo en las casualidades, pero te confieso -hoy- que no hubo nada casual allí, que todo fue real-rematada- y decididamente premeditado, con alevosía como dicen los libros de Derecho en los que me sumerjo día a día.
Todo lo que hice, dije, usé fue planeado con antelación para poder sacarte una sonrisa, un mensaje... para dejar tu camisa tirada en la mitad de la sala y tu pantalón enredado junto a mi jean en el suelo de tu cuarto.
De hecho, no usé escote en tu presencia hasta ese día, como asomándote la posibilidad de que pudieras ver mis senos en medio de algún movimiento brusco.
Creo que tú, con tus canas y tu experiencia, no te has puesto a pensar que yo también se jugar este juego.
A ver, déjame ayudarte a despejar tus dudas... ¿no te fijaste que la camisa que usé ese día era amarrada al cuello, carente de cierres y botones?. ¿No pensaste por un momento que yo estaba estratégicamente ubicada cerca de tu casa?...
Quizás, necesitas más ayuda para leer mis señales, pero ¿no te pareció sospechoso que estuviera parada frente al mural de tu casa, de espaldas a ti?, ¿que me acariciara la nuca despreocupadamente tratando de llamar tu atención?.
Asumo, que ahora estás recordándolo todo.
Rememorando minuto a minuto todo lo que pasó de tu carro a tu cocina, de tu cocina a la sala, y de la sala a tu cuarto. Pensando que no es posible que una chiquilla como yo supiera como dominarte.
Y sí, es verdad que soy yo la que luce los moretones y mordiscos que dejaste en mi cuerpo, pero me conformo pensando que son mis medallas por haber dado semejante actuación. Por haberte leído hasta los malos pensamientos, por haber adivinado qué es lo que te enciende. Por haber sido tan astuta que ni siquiera te di una sola respuesta a tus preguntas.
Porque logré que me preguntaras de donde había salido y porque me había tardado tanto en aparecer. Porque logré que te invadieran al mismo tiempo el deseo y la culpabilidad.
Porque por un momento fui la personificación total de las casualidades, dormitando desnuda y enredada en tus sábanas.
Y soy experta en sembrarte dudas, en decir -solamente- lo que quieres escuchar, porque no me molesta halagarte y decirte que ''eres demasiado bueno'', que ''tengo sed de tu sudor en mi piel''. En hacerte creer que tienes todo bajo control y que me siento jodidamente cómoda paseando desnuda por tu casa, salpicada de cerveza y fluidos... porque te dejé con ganas de más... y eso te cabrea y te excita en la misma medida.
¿Viste, que entre tanta dulzura tengo encerrada un poquito de maldad?. Una maldad que quiere volver a sentirte...
Y sí, ahora sé que te vas, pero si te dejo buscar entre los paréntesis de mis piernas lo que no se te ha perdido, creo que vas a querer volver más rápido.

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