Y ¿si jugamos un juego?, sencillo, de estos donde las reglas y la ropa más que nada estorban, las palabras sobran y la diversión está garantizada.
Vamos a jugar a que tú me haces extrañarte poniendo un océano de por medio, y yo finjo que no me haces falta mientras hago silencio.
Déjame jugar a escribirte un texto diario. O un párrafo, o una palabra, o hasta un tweet. Vamos a llenar el espacio en que no estás a punta de caracteres.
Juguemos a adivinarnos en la distancia, a pensarnos con las manos, a desearnos con la mente.
A aparecernos en los malos pensamientos, en las duchas matutinas, y el toqueteo nervioso de las noches separados.
Anda, vamos a pensar que tu cama de hotel y la mía, ya no son tan hipócritas. Vamos a creer que por momentos, son la misma cama. Esa que desordenamos un sábado cualquiera, esa que tiene salpicaduras de cerveza, saliva y sudor.
Te propongo que juguemos a sentirnos con los dedos, con lo que tecleamos mientras estamos lejos.
Vamos a jugar a anotar todo aquello que queremos hacer y no hemos hecho, a hacer una lista de pendientes, donde yo anote que quiero morderte la cintura y lamerte la espalda y tu pregones que quieres halarme el cabello y darme un par de nalgadas.
Yo juego a mandarte fotos incompletas de mi ropa interior, o de partes de mi cuerpo, para que tu adivines el orden en el que tendrás que besarlas cuando vuelvas, cuando estés aquí, conmigo.
Juega conmigo. Juega contigo -sin mí-. Juégame.


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