Y me miraste allí, tendida encima de la cama.
Desnuda –como siempre que estoy contigo- , con esa expresión indescifrable que pongo después de nuestras largas sesiones de colchón, una expresión que no es de felicidad plena, pero que se asemeja tanto a la paz, que es mejor que el estar feliz.
Hiciste silencio, tal vez por unos minutos que parecieron más largos que de costumbre.
Suelo creer que tus silencios son eternos, porque no tienes la costumbre de fumar después de follar, sino que te quedas así, callado, a veces mirándome, otras tantas en esa especie de tierra de nadie donde no sé si estás del todo dormido o despierto.Esta vez fue diferente, rompiste todas tus rutinas, te sentaste en la cama, semi-arropado con lo primero que encontraste disponible y me dijiste:
-Tienes potencial, eso es lo que pasa.
Me reí, y dije;
¿Potencial? –Considerando totalmente inapropiado tu comentario-.
Te acercaste, me quitaste el cabello de la cara, como desechando así mi ironía al hablarte y dijiste;
-Sí, tienes potencial. Tienes sobrado potencial para hacer feliz al hombre más miserable y tal vez más miserable a quién ya era feliz.
No sé que cara puse, ni si te contesté algo.
No recuerdo si estaba tan colocada que no pude articular algún argumento, solo sé que recordando lo surreal del momento, tú, yo, completamente desnudos, sudados, con unos tragos encima y dos porros, no teníamos porque estar teniendo esas discusiones filosóficas.
Así que te lo digo hoy, aquí.
No tengo potencial. No te amé hasta aquí solo para escribir un libro. Hacia donde vamos nada tiene principio. Hacia donde vamos no hay finales felices. Recibiste mis cartas y transformaste toda mi vida del encanto al engaño. Tu desnudez tiene algo capaz de matar a cualquier dios, de enloquecer a cualquiera. Tu mayor error fue creerme, y creer que follar conmigo sería la conclusión de todos tus caprichos. No eres más que un libro que me senté a leer, yo estaba tranquila, distraída y tú llegaste con tu boca a subrayar mis frases más lacerantes, a tolerarme las lascivias, a inundarme los pensamientos. A pensarme como tu fuente única de provocaciones.
Lo único que hay de cierto en todo esto, en tu casa, tu cama, mis piernas, tu cuerpo, tu pelo, mi sexo, los ruidos…
Es que todo en nosotros acabará siempre de un modo salvaje.

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