sábado, 19 de enero de 2013

Claudia.


Claudia se levantó un día decidida a mandarlo todo a la mierda. Harta de los convencionalismos, de ceder el puesto en el metro, de morderse la lengua para no maldecir porque ''eso es pecado''. Se cansó de fingir ser la perfecta niña graduada en un colegio católico. Quiso pararse de la cama, ponerse la falda más corta, agarrar el primer libro, meter en un bulto un encendedor, media caja de Marlboro, dos porros mal hechos, algo de efectivo, una pantaleta limpia y bonita, de esas de ‘’por si las moscas’’, un sweater finito, cepillo de dientes y dentífrico. Se miró en el espejo, dejó un post-it en la nevera, en el que escribió las primeras frases de su boleta de excarcelación:

''Ma, me marcho. No me llames al celular. Desconecté esa cagada de teléfono, estoy hasta la madre de depender de su lucecita roja titilante para enterarme de qué demonios pasa en el mundo, allá afuera, lejos de los límites de este dúplex caraqueño. Me voy por ahí. Sola o acompañada, no lo sé aún. No soporto más este submundo cínico de ‘’por favor, permiso, gracias’’, de revistas ¡HOLA! Tiradas en el piso, de tanta política y falsedad. Me voy. No aguanto tanto lexotanil, tanto tinte IGORA VITAL pa’ tapar las canas, ni el hecho de que debo seguir fingiendo ser esa niña virginal que amabas a los 15años. Tengo 25, vieja, y no tengo nada. A veces me avergüenza la poca calle que he llevado. Me avergüenza esta subnormalidad de ser ‘la clase media’. Estoy agotada de tener que aprender de la vida leyendo puras páginas amarillentas de libros, cansada de escuchar música para saber qué carajos significa vivir. Quiero más. No, NECESITO MÁS. Cancelé las tarjetas de crédito, las cuentas del banco, y todo. Te dejé en la cama una foto, un texto y nada más. Me sé tú número de memoria, eventualmente te llamaré. Te amo, C''.

Mientras se cercioraba de que la bendita nota estuviese fija en la puerta de la nevera se escuchó un grito. ¡Claudia, baja! Era ella, Claudia lo supo de inmediato. ¡Voy, coño! Le dijo a la voz hasta ahora anónima que le esperaba bajo ese edificio, esa cárcel en la que su vida había girado todos estos años, ese espacio que la mantenía sana y salva, que la guardaba como si ella fuese una flor a la que el sol no debe tocar. Su madre estaba convencida de que mientras más estuviera en casa, menos daño le harían. ¡Qué equivocada estaba la vieja!, las flores, si no reciben sol, agua, rocío, moscas, abejas y demás vainas, se marchitan igual. Y a Claudia, el olor a encierro la estaba poniendo piche.

jueves, 17 de enero de 2013

Textos que nunca debí escribir. (I)


Ella y él siempre se veían en esa cafetería. Era el preludio perfecto para cualquier evento posterior. Ella, él y dos tazas de café. El de ella siempre variaba, como su ánimo, como su ropa y su forma de mirar, en cambio él siempre ordenaba lo mismo, ese jodido expresso corto, que más que café parecía petróleo.

Las paredes de ese café estaban llenas de fotografías antiguas, pósters e imágenes de momentos felices en blanco y negro o sepia. Y desde ese momento ellos asociaron la dicha con esos colores.

A ellos les gustaba imaginarse en el medio de esas fotos, sonriendo como los protagonistas, siendo partícipes de tanta alegría, como turistas dentro de esos mundos que vienen enmarcados para servir de decoración de algún lugarcito bohemio. Soñando con ir juntos a todos esos sitios.


Una bonita combinación. Sueños y café, ella y él. Un lugar perfecto para elaborar planes maestros. Para creerse superhéroes, o recién casados, depende del día.


Él era experto en dibujar universos en servilletas de papel, y ella una gurú de colocarle la frase que mejor describe cada galaxia creada. Lápices, bolígrafos y servilletas maltratadas, bocetos que atesoraba dentro de su Moleskine. Post-its que él conservaba dentro de su billetera desgastada.

Ella amaba verlo dibujando. Él adoraba mirarla escribir. Una simbiosis perfecta, como amar/ser amado. Como la espuma del café desbordándose de la taza, como las marcas que deja la taza en la servilleta, como el vapor aromático que se vuelve vaho húmedo en los cristales de sus lentes.

Cada cierto tiempo él le mendingaba un beso, de esos que se dan por inercia, que van cargados de un ''no seas fastidioso, tontín, que estoy concentrada escribiendo''. De esos besos que se dan por costumbre, pero que terminan en alborotar cualquier mal pensamiento. Ella lo besaba y luego cada uno volvía a lo suyo. 

A escribir, a dibujar... y a mirarse.

Ella escribiendo, a lápiz, a bolígrafo, en el cuaderno, en la laptop, en el boleto del metro, en su mano, en la de él. Historias de un rosado medio grisáceo, ''te quieros'' llenos de dibujitos de niña de primaria, frases lapidarias y proposiciones indecentes. Soltaba el lápiz solo para propiciar roces inapropiados por debajo de la mesa. O para mostarle un trocito de cuaderno e invitarle a hacer el amor a través de una hoja de papel, con el temor siempre presente de que algún mesero se volviera voyeurista y leyese por encima de ellos cuando fuera a retirarles las tazas de café.

''Pesada y besucona'' así le describía él. ''Arisco y maniflojo'', le replicaba ella. Y así empezaban esa guerra de adjetivos, querra que en privado se volvía combate cuerpo a cuerpo, donde ganaba siempre el amor.

martes, 23 de octubre de 2012

Frases sueltas XXI

Desnúdate,
que hay tormenta...
y
llueve por no llorar.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Direcciones opuestas

Y eso es lo que tienen los aeropuertos, que unen y separan a la gente, que traen consigo una melancolía de proporciones épicas. Eso, y que tú y yo estamos condenados a tomar malas decisiones, como ésta que hoy nos coloca en caminos paralelos, pero en direcciones completamente opuestas. (Al menos el destino tiene el buen tino de alejarme de ti sin tener la necesidad de verte partir).

Espérame allí, en la puerta número 6, o en la de la 402. En el mismo punto donde todo comenzó.

jueves, 23 de agosto de 2012

Cuéntame un secreto.


Cuéntame un secreto a las 4: 45. Dame un beso mitad mentira/mitad verdad en el tráfico de la hora pico. Abrázame con ternura a medianoche, y desvísteme con pasión al amanecer. Dime eso que quieres decirme desde hace días y que tú alter ego precavido te impide exteriorizar. Bésame hoy como si no hubiera mañana. Atrévete a ser algo distinto conmigo. A hacer las cosas que tu madre te dijo que no hicieras. Escápemonos un sábado después del desayuno, y regresemos el domingo a la hora de la siesta. Haz ruido. Canta, baila, grita. Lánzate al agua sin fijarte si es lo suficientemente profunda. Tómate un descanso y escríbeme. Ve tu película favorita, e imita conmigo la escena que más te gusta. Cierra los ojos, y escucha la ciudad. Las voces de la gente, los sonidos de los carros, los pasos de los transeúntes, la brisa. Brinda contigo, conmigo, por ti, por mi, por ellos. Ríete hasta que quieras llorar. Llora por ese que eras, y que hoy entierras. Vuelve a rendir cuentas con el mar. Dame la mano al cruzar la calle. Memorízame con tus manos como si fuera un texto en braille. Repáralo y que no vuelva a estropearse. Deja de juzgarte tanto. No des más explicaciones. Actúa. Haz lo que yo obedezco. Ten miedo, ten fé, en igual medida. Sigue creyendo en la humanidad. No te decepciones de nada, al menos no ahora. Aspira mi aroma, drógate con él. Déjame ser capaz de bailarte el agua. Créate un personaje, un acento, un motivo. Encierra a los fantasmas.Coquetea con el presente. Ignora todo mi pasado. Subestima mi futuro. Olvida las malas palabras. No revuelvas el pasado. Concédeme un instante. No me sobreestimes. Ven a salvarme desde el otro lado de la cama. Pídele perdón a mi hombro izquierdo. Préstame atención. Devuélveme la risa. Invéntame una guerra que me quepa en las dos manos. Firma tu sentencia. Extráñame los días de lluvia. Córreme de tu vida en un día soleado. Aparta los clichés de nosotros. Aléjame de todos mis lugarescomunes. Deja de escucharme. Cállame a besos. Súplicame. Tenme paciencia. Corrije mis faltas. Expía mis temores. Ignora mis abolladuras, juega con mis costuras descosidas. Dí que soy hermosa, aunque esté rota por todas partes. Tómame. Cree. Crea. No pienses tanto. No pienses más. Vive. Lame tus heridas y continúa. Deja de regodearte en tu miseria. Comparte las migajas de tu vida conmigo, únelas a mis trocitos de felicidad. Vamos a acompañarnos. LLévame contigo. Quédate conmigo. Camina a mi lado. Seamos amigos, y todo lo que queramos; pero mientras tanto, cuéntame un secreto a las  4:45.

viernes, 3 de agosto de 2012

Desvestir o imaginar.


Silencio. 

Un silencio cómplice de un encuentro que ha sido tan ansiado como pospuesto. No hay ruidos, tal vez la respiración de ambos, de manera casi imperceptible para los sentidos. Sentidos que están presentes. Expectantes. Una puerta se cierra, una luz tenue se enciende.Una luz que es lo suficientemente fuerte como para dibujar perfectamente la escena, pero tan sutil que pareciera no estar siquiera iluminándolos. Ella y él. Ella, él y las ganas. El deseo. Es cierto aquello que dicen, en todo encuentro erótico siempre hay un tercero presente; la imaginación. Ambos deseándose, a la expectativa de quitar todo aquello que sobra, queriendo darse un abrazo de esos en los que la ropa, más que nada estorba.

Él se acerca, con cuidado de no romper la magia del momento. Se da cuenta que ella está nerviosa, que una gota de sudor resbala por su cuello, y va a perderse de vista en el medio de sus senos. Con toda la cautela del mundo, el comienza a acariciarle el rostro, con sus manos delínea el borde de su cara, llega a su cuello y se detiene, la mira fijamente. Con lo cerca que están podría abalanzarse sobre ella y darle un beso, pero se contiene -ya habrá tiempo para besarla como es debido-. Con delicadeza baja uno de los tirantes de la camiseta, percibe la redondez de su hombro, acaricia ese espacio perfectamente cónvaco que hace su cuello con el inicio de su busto. Repite el movimiento, de manera casi mecánica, como si obrara por inercia en el hombro izquierdo. La blusa pierde firmeza y se desliza hasta quedar presa en la frontera que hacen los jeans, dejando al descubierto sus pechos, que firmes, esperan el momento en el que él los acaricie. Levanta la mirada, y la mira de nuevo. Los labios de ella están entreabiertos, como si quisiera dejar escapar algo, un grito, un gemido, un suspiro. Pero lo mira, y se reprime. Piensa que tal vez es demasiado pronto para dejar que salga en torrente; el miedo, el verbo y las ganas de sentir.

Él la mira sin parpadear, como fusilándola en sus pupilas. Como queriendo grabar este momento a fuego sobre la córnea y verla y reconocerla aún cuando cierre los ojos.

Un ruido interrumpe la escena. Un bip cada vez más metálico se escucha por toda la habitación. Es el celular de él, sonando, con la respectiva lucecita roja titilando en la pantalla. Rápidamente, y con violencia lo coge: ''Maldito celular'', dice. Revisa el mensaje con ira, hasta que una sonrisa atraviesa su rostro:

''Te he enviado un mail. Espero que estés pasándolo bien.''.

Él se pasa la mano por la cara, de manera descuidad; ''vaya manera de joderme las fantasías''.

sábado, 28 de julio de 2012

Sola, y en celo.

Y valiéndose de las palabras de otro, me dijo:

Eres una mina rara. ''Una mina brava. Que cuando no la tenés, la lloras. Y cuando la tenés, la querés tirar por la ventana''.

Con esa frase retrató la imposibilidad manifiesta de amarnos. De estar juntos. Dando la estocada final citándome algo de ''Ciudad en Celo'', una película argentina. Mezclando en una sola línea el dolor que me produce no tenerle, con las ganas de ir a Buenos Aires a rescatar lo que por derecho me pertenece.

 Aislándome de una vez por todas, construyéndome una cárcel de palabras, para dejarme así, enjaulada, sola y en celo.