miércoles, 19 de agosto de 2009

En el Convenio tácito de esperar...

No sé por qué pero creo que la paciencia es una virtud que está casada desde tiempos milenarios con la sabiduría, porque fíjense bien, la gente que sabe esperar es toda calmada, prudente, paciente, coherente y se toma su tiempo para PENSAR, ACTUAR y SENTIR, y a la larga esas cualidades confluyen y uno se vuelve una persona venerable y sabia.
Digo todo esto porque desde hace días me propuse esperar el momento adecuado, me propuse conseguir que mis frases fueran más caricias que dardos envenenados, me propuse esperar que el orgullo deje de correrme un poco por las venas y que la humildad exude por cada poro de mi piel. Algunos días con más éxito que otros, pero ahí voy. Sin pedir más disculpas que las que mereces. Sin arrastrarme, pero bajando la cabeza de cuando en cuando para mirar las piedritas que regué en el suelo en mi intento de llamar tu atención.
A veces creo que la paciencia, cómo va ligada a eso que llamamos ''el paso del tiempo'' y a la acción consecuente de arrancar las hojas del calendario me produce tanto temor porque la considero unida a su vez al compromiso, a comprometerse con una actividad, una causa, un algo, o mejor aún...un alguien. No saben cómo me aterra eso de ''ya van tantos días, meses, años, segundos...respiros y besos''. Lo juro, mi fobia al compromiso , al tiempo y al matrimonio eran tan grandes que me perseguían como un monstruo listo a atentar contra mis mayores sueños, metas y relaciones.
Hasta hoy.
Tal vez me haya costado anotar en el calendario un día destinado a detalles y corazones. Mea Culpa. Pero hoy, he pensado demasiado. Pensé durante mis labores de niñera en la mañana, pensé en el carro camino al cardiólogo con mi papá, pensé mirando la ventana mientras llovía, pensé hace treinta minutos cuando en la ducha rumiaba este post.
Pensaba que el diecinueve era mi número de la suerte, mi boleta de la lotería, mi cupón de sueños, mi cheque en blanco, mi página del libro de la vida, mi edad y el aniversario de algo que no sé que es a éstas alturas.
Y me dí cuenta que el paso del tiempo es algo tangible, inequívoco y necesario.
El maldito y bendito tiempo, el que contruye y destruye. El tiempo que sana. El tiempo que cambia. Mi tiempo que volaba cuando estaba contigo. Tú tiempo que se paralizaba con cada gesto compartido. Éste tiempo que ha sido de infinito aprendizaje. El tiempo que deja huellas imborrables, como los surcos que se me hacen alrededor de la boca ésos que parecen paréntesis donde se esconden mis besos. Tiempo de viajar, volar, soñar. Tiempo.
Y desde ése entonces me encuentro en el Convenio Tácito de Esperar. De esperarte, de conseguir el momento oportuno, de pedirle al tiempo un poco de clemencia, de suplicarle al reloj de pared que me devuelva los favores recibidos girando las manecillas un poco más lento. Le pido a las horas que te convenzan de que vale la pena la espera, le pido a los días que no sean sólo una cuenta más en tu mente calculadora y pragmática.
Pero así como debo pedirle cosas al tiempo a tí te pido que me des de tú paciencia que es humana y limitada, para que yo consiga un poco de sabiduría, a ver si la sabiduría me permite tener más días diecinueve en mi calendario de bolsillo.

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