Hoy me detuve, atareada y cansada a pintar el rostro de un hombre, no uno cualquiera, sino uno que comprendiera que ésta pintora-escritora tiene múltiples problemas. Quería pintarte con óleo o algo tan fuerte que perdurara en el tiempo, que aguantara todo, por más que luego tuviera que enmarcarte y colocarte un protector de plexiglás para que nada malo te sucediera.
Quería dibujar primero el contorno de tu rostro, que fuera fuerte y a la vez amable, me detuve un rato en la línea del cabello, porque después de 26 días no recordaba muy bien que estilo poseías ahora, así que me decidí por el corte de cabello que más me gustaba. Mientras lo dibujaba pensé -Bonito Corte- y lo dije en voz alta repetidas veces a ver si el rostro comenzaba a darse cuenta de que me fijo en los detalles importantes cuando pinto.
Me dispuse a trazar las líneas de su cara, su expresión, las arrugas que hace el ceño cuando se frunce y esas marquitas que los años, las mujeres, los amores y ciertos vicios dejan en un rostro que lleva ya veinticuatro amaneceres. Tracé todos los que me acordaba con una precisión milimétrica, no sé si es por que tengo una buena memoria o porque la mano iba y venía haciendo trazos y líneas de manera automática movida por las sonrisas traviesas y las miradas pícaras, ese par de atributos míos que son los dos engranajes que dan cuerda a éste motor.
Al cabo de unos minutos abandoné mi cuadro porque debía pensar muy bien como podía captar la esencia de una mirada que tenía que ser profunda y honesta, misteriosa y franca, amable y temerosa, pensativa y arriesgada. Una mirada como ninguna otra, colmada de miles de tonos distintos en unos ojos que todo lo graban y que fueran a su vez capaces de romper en mil trocitos mi parte más sensata. Debían ser por lo tanto sus ojos, ésos marrones oscuros que poseían la fuerza suficiente para desnudar a quien miraban, y la suavidad necesaria para llorar en un momento difícil.
Luego me dirigí a su nariz, la que no representó ni dudas ni problemas, y me dispuse a trazar y delinear sus labios. Unos labios que pudieran ser tan suaves que fueran el depósito de miles de besos y que pudieran ser tan duros a la hora de lanzar juicios de valor, a la hora de dar ultimatums. Unos labios que provocaran la mayor cantidad de sensaciones posibles y que pudieran evocar miles de sentimientos. Unos labios con un gesto contundente.
Busqué a su vez un pretexto para que su rostro tuviera esa barba de tres días que logra hacerme temblar a distancia, y que conforme la pintaba me recordaba una vez más que sí podía almacenar detalles y recordarlos a la perfección. Sólo debía practicar un poco.
Ya estaba por finalizar cuando me dí cuenta de algo...
¿De qué sirve un rostro dibujado a prueba de todo sí éste solo podía proporcionarme silencios incómodos?.

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